La CNTE se repliega pero el conflicto sigue vivo

El 20 de junio de 2026 la CNTE levantó sus plantones en la Ciudad de México y Oaxaca. Para el gobierno federal, la imagen de las carpas desapareciendo podía interpretarse como el cierre de una crisis incómoda. Sin embargo, la realidad es menos favorable para Morena: la Coordinadora no se rindió, se replegó.

Después de semanas de movilización, el movimiento magisterial regresó a las aulas sin conseguir su principal demanda: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007. Tampoco obtuvo una reforma de fondo del sistema de pensiones ni garantías para recuperar los esquemas de jubilación que reclama desde hace años. Pero sería un error concluir que el gobierno ganó la partida. Cuando una protesta se retira sin resolver el conflicto, lo que desaparece es el campamento, no el problema.

La CNTE entendió algo que el poder suele olvidar: las movilizaciones prolongadas también desgastan a quienes las protagonizan. Mantener miles de maestros lejos de sus comunidades y centros de trabajo tenía un costo creciente. Por eso decidió cambiar de estrategia. En lugar de concentrar su fuerza en las capitales, ahora pretende convertir cada gira presidencial en un nuevo frente de presión política.

El mensaje es contundente. La Coordinadora ya no disputa únicamente el espacio público; busca acompañar al poder a donde vaya. Cada visita presidencial podrá convertirse en escenario de protesta, cada acto oficial en una oportunidad para recordar que las demandas siguen sin resolverse. Es una táctica para impedir que el gobierno declare cerrado un conflicto que sigue abierto.

La situación exhibe una contradicción que golpea al discurso de Morena. Durante años, la izquierda gobernante denunció reformas que afectaban derechos laborales y criticó la falta de diálogo con los movimientos sociales. Hoy enfrenta la misma realidad que antes condenaba: promesas políticas que chocan con los límites financieros del Estado.

Sheinbaum sostiene que existen restricciones presupuestales para atender todas las exigencias de la CNTE. El argumento puede ser técnicamente correcto. El problema es político: cuando un gobierno construye su legitimidad prometiendo justicia a los sectores históricamente agraviados, los límites presupuestales dejan de ser explicación suficiente y empiezan a parecer excusa.

La CNTE abandonó la Ciudad de México y Oaxaca, pero dejó una advertencia. No acepta que la negociación haya terminado ni reconoce que el gobierno haya resuelto el fondo del conflicto. Morena podrá celebrar el despeje de plazas y calles, pero la batalla ya no está en los espacios recuperados. Está en la capacidad del gobierno para responder a un movimiento que, lejos de desaparecer, decidió perseguir al poder hasta donde se presente.

Y esa suele ser la fase más difícil de cualquier conflicto político: cuando la protesta deja de resistir y comienza a acechar.



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