Claudia Sheinbaum y la sombra de Carlos Manzo en la mañanera del Mundial de Futbol

Lo ocurrido en la conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum del 27 de noviembre de 2025, no fue un accidente ni un error de escenografía. 

Fue un acto político de control y negación. En el escenario de la conferencia, aparecieron sombreros colocados en el piso, enmarcados por imágenes del Mundial de Futbol. 

Minutos después, esos mismos sombreros fueron retirados. 

Cuando se preguntó por qué habían sido quitados, la presidenta Sheinbaum Pardo respondió con una frase que retrata, con crudeza, el estilo del poder: “¿Había sombreros?”

Negar lo evidente en un espacio transmitido en vivo no es ingenuidad. Es una decisión política.

Hoy, el sombrero no es un objeto decorativo. Es un símbolo de protesta, de exigencia de justicia y de memoria. 

Es imposible separar su presencia del asesinato de Carlos Manzo y del movimiento que se levantó tras su muerte. 

Ese contexto vuelve insostenible cualquier intento de presentarlo como un simple adorno del Mundial. El mensaje era incómodo. Y por eso fue retirado.

La secuencia es clara: apareció algo que no debía verse, alguien ordenó quitarlo y, finalmente, se optó por fingir que nunca existió. 

No hubo explicación, reconocimiento ni argumentos. Hubo borrado. Y el borrado, en política, siempre es una forma de censura.

La mañanera se ha vendido como un ejercicio de transparencia, pero episodios como este exhiben su verdadera naturaleza: un espacio férreamente controlado, donde incluso los símbolos deben ajustarse a la narrativa oficial. 

Cuando un objeto amenaza con abrir una rendija hacia un tema incómodo —violencia política, impunidad, justicia pendiente— la reacción no es el debate, sino la eliminación inmediata.

La frase “¿había sombreros?” no es banal. Es la negación del hecho, del símbolo y del dolor que representa. 

Es el reflejo de un poder que prefiere administrar el silencio antes que enfrentar la incomodidad de una pregunta legítima. No se niega sólo el objeto; se niega la causa que lo vuelve significativo.

En un país marcado por asesinatos políticos sin resolver, fingir no ver un símbolo es una forma de complicidad. 

Porque aquello que se borra del encuadre no desaparece de la realidad. El reclamo por justicia sigue ahí, aunque se intente esconder bajo el pretexto de la agenda deportiva o el montaje escenográfico.

La mañanera de hoy dejó una lección incómoda: cuando el poder no puede controlar el significado, controla la imagen. 

Y si la imagen aun así incomoda, entonces se aplica la estrategia más vieja del autoritarismo blando: negar lo que todos vieron.

Los sombreros estuvieron ahí. Fueron retirados. Y esa negación, más que aclarar, confirmó que hay temas que el poder no quiere ver… ni nombrar.




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