Nepotismo, simulación y uso político del huipil triqui en la gira de Claudia Sheinbaum en Oaxaca

La crítica de Emelia Ortiz García del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT) y Comité de Víctimas de Derechos Humanos “Si no están ellas, no estamos todas”, se convirtió en una de las voces más firmes tras la reciente gira de la presidenta Claudia Sheinbaum por Oaxaca. 

Su mensaje del 23 de noviembre de 2025, interrumpió la narrativa oficial que buscaba presentar la visita como un acto de cercanía con los pueblos indígenas y abrió un debate sobre la apropiación simbólica y el uso político de la identidad originaria.

Ortiz García cuestionó que la diputada morenista Tania Caballero Navarro, presidenta de la Junta de Coordinación Política del Congreso local y nuera del gobernador Salomón Jara Cruz, portara un huipil triqui de San Martín Itunyoso durante actos oficiales.

Para Emelia Ortiz, la legisladora no buscó reconocer la cultura triqui, sino proyectar una imagen de cercanía que no corresponde con la realidad que enfrentan las comunidades, especialmente aquellas que viven en la pobreza extrema y el abandono gubernamental.

Según Emelia, la escena en la que Tania Caballero acompañó a Sheinbaum vestida con indumentaria tradicional reflejó una estrategia de simulación. En su publicación escribió:

“No basta con su nepotismo; utiliza vestimenta tradicional de los pueblos originarios para brillar en su politiquería. Rechazamos a los que se pongan huipil para hacerse pasar como triquis para hablar con la presidenta”.

Con esa frase enfatizó que el huipil no es un accesorio para la fotografía política, sino un símbolo con raíces colectivas que debe portarse con responsabilidad y respeto.

Su denuncia fue más allá de la vestimenta. Ortiz señaló el incremento del nepotismo en la administración estatal, una práctica que contradice los principios de la Cuarta Transformación. 

Jara Cruz colocó a familiares en posiciones estratégicas dentro del gobierno y Morena, lo cual reproduce viejos esquemas de poder disfrazados de cambio.

Para muchas comunidades triquis, estos gestos evidencian la distancia entre el discurso gubernamental y la vida real de los pueblos originarios. 

Aunque desde el poder se insiste en mensajes de reconocimiento, en los territorios prevalecen prácticas de exclusión, simulación y apropiación cultural. 

Por ello, la imagen de una diputada vistiendo un huipil durante una gira presidencial no generó orgullo, sino molestia y desconfianza.

Su publicación expresó un sentir poco visible en los discursos oficiales: la defensa de la dignidad cultural frente a un gobierno que recurre a símbolos tradicionales sin atender las demandas históricas de justicia, territorio y seguridad. 

Su crítica recordó que los pueblos indígenas no son escenografía para legitimar narrativas políticas. 

Son sujetos con voz propia, y cuando esa voz se levanta, desmonta cualquier montaje que busque ocultar las tensiones reales que atraviesan sus comunidades.



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