Hugo Aguilar Ortiz y la restauración del privilegio
La imagen de Hugo Aguilar Ortiz, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, permitiendo que dos asistente —una mujer y un hombre— le limpien los zapatos en plena vía pública no es solo una torpeza política: es una postal obscena del poder que la Cuarta Transformación prometió erradicar.
No hay lectura benigna posible. Es una escena de privilegio, de jerarquía y de humillación normalizada, impropia de cualquier servidor público y aún más grave en quien encabeza una institución que debería representar sobriedad y autoridad moral.
Este episodio no es aislado. Llega después del escándalo por la compra de camionetas Cherokee blindadas para los ministros de la Corte, una decisión que exhibió un apetito por el confort y el lujo incompatible con el discurso de austeridad republicana.
Que posteriormente se haya anunciado su devolución no redime el hecho; al contrario, lo agrava. La rectificación no fue ética ni espontánea, fue forzada. No nació de la convicción, sino del costo político.
La limpia de zapatos confirma el patrón. Aguilar Ortiz no aparece incómodo, no detiene la escena, no se agacha él mismo. Permanece erguido, pasivo, mientras otros se inclinan.
Es una representación clara de cómo concibe el poder: alguien merece ser servido, otros deben servir. Esa lógica no es accidental; es cultural, es política y es profundamente regresiva.
Resulta especialmente ofensivo que este gesto provenga de alguien que reivindica su origen indígena mixteco y que ha sido presentado como símbolo de inclusión y justicia histórica. Lo que muestra la escena no es orgullo por ese origen, sino su negación práctica.
Durante siglos, los pueblos indígenas fueron obligados a agacharse frente al poder. Aquí, el poder reproduce el mismo ritual, ahora desde dentro del Estado que decía combatir esa herencia.
Morena y la Cuarta Transformación no se desgastan solo por errores administrativos o ataques de la oposición. Se erosionan cuando sus figuras públicas actúan como aquello que prometieron destruir.
Camionetas de lujo, asistentes arrodillados, gestos de superioridad: el viejo régimen no regresó por la puerta trasera, nunca se fue del todo.
La transformación no fracasa cuando se equivoca, sino cuando se acostumbra al privilegio y solo corrige cuando es exhibida.
Y en esa imagen —dos personas limpiando zapatos a un alto funcionario— no hay austeridad, no hay humildad y no hay pueblo. Hay poder desnudo. Y poder mal ejercido.

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