Salomón Jara Cruz y la normalización del nepotismo en Oaxaca
Uno de los principales flancos de desgaste del gobierno de Salomón Jara Cruz no proviene de la oposición tradicional, sino de una contradicción interna: el uso familiar del poder en un régimen que se proclamó heredero del discurso anticorrupción y antinepotismo de la llamada Cuarta Transformación.
Desde el inicio de su administración, medios de comunicación, legisladores y organizaciones sociales han documentado la presencia de familiares directos e indirectos del gobernador en cargos estratégicos del gobierno estatal, del Congreso local y de la estructura partidista de Morena en Oaxaca.
Más allá del número exacto —que varía según la fuente—, el problema de fondo no es cuantitativo, sino político y ético: la concentración del poder público en un mismo núcleo familiar.
El caso de Oaxaca resulta especialmente sensible por su historia. Durante décadas, el nepotismo fue una práctica asociada al viejo régimen priista, a los cacicazgos regionales y al patrimonialismo del poder.
Morena llegó prometiendo una ruptura con ese pasado. Sin embargo, lo que hoy se observa bajo el gobierno de Salomón Jara no es una anomalía, sino la reproducción de los mismos vicios que se dijeron combatir, ahora revestidos de legitimidad electoral.
La defensa oficial ha sido reiterada: que los familiares “tienen trayectoria”, que “no fueron nombrados directamente por el gobernador” o que “la ley no lo prohíbe”.
Pero ese argumento evade el punto central. El nepotismo no es sólo un problema legal, sino un conflicto de interés que debilita los contrapesos y erosiona la rendición de cuentas cuando el poder político se articula a través de lazos familiares.
La narrativa del mérito también resulta poco creíble en un Estado con miles de profesionistas excluidos del servicio público, mientras apellidos cercanos al poder se repiten en distintas nóminas.
La percepción pública —clave en política— es contundente: el gobierno que prometió combatir los privilegios parece haberlos normalizado.
El daño no es menor. En un contexto de crisis de seguridad, precariedad en salud, conflictos comunitarios no resueltos y regiones históricamente abandonadas, el nepotismo envía un mensaje claro: el acceso al poder sigue dependiendo más de la cercanía familiar que del servicio público.
El caso Jara Cruz no es sólo un escándalo local, sino un síntoma de los límites del discurso moral de la Cuarta Transformación cuando no existen mecanismos reales de autocontención del poder.
En Oaxaca, la pregunta ya no es si existe nepotismo, sino hasta qué punto la sociedad está dispuesta a normalizarlo y aceptar, una vez más, que el poder público se convierta en asunto de familia.

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