Cuñado de AMLO en la mira por empresas polémicas

El discurso de Morena y Cuarta Transformación se construyó sobre una promesa central: terminar con la corrupción, el influyentismo y los privilegios de las élites políticas. 

Este proyecto fue impulsado y fundado por Andrés Manuel López Obrador, quien durante años se presentó como un adversario frontal de las viejas prácticas del poder.

Sin embargo, los señalamientos que rodean a Rodrigo Gutiérrez Müller, hermano de Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de López Obrador, vuelven a colocar sobre la mesa una incómoda contradicción entre la narrativa oficial y la realidad.

Registros mercantiles muestran que participó en la creación de empresas financieras llamadas Envíos del Bienestar y Pagos del Bienestar, nombres que replican el lenguaje institucional de los programas sociales del gobierno.

Aunque no es ilegal usar términos similares, el intento de capitalizar una marca asociada al Estado sugiere una estrategia que, como mínimo, resulta éticamente cuestionable. 

La polémica se intensificó cuando se reveló que entre los socios de estas compañías aparecen personas cuyos nombres coinciden con individuos investigados en Estados Unidos por lavado de dinero.

No existe una acusación formal contra Rodrigo Gutiérrez, pero la sola coincidencia debió haber provocado una reacción inmediata y transparente por parte del gobierno. En lugar de eso, predominó el silencio. 

A estos cuestionamientos se suman testimonios de actores políticos locales que lo vinculan con gestiones para obtener recursos federales destinados a un municipio de Jalisco. 

Este tipo de intermediaciones, aunque comunes en la política mexicana, contradicen el discurso de que en la nueva administración ya no existían gestores ni favores personales para acceder al poder.

El problema de fondo no es únicamente jurídico, sino político y moral. La cercanía familiar con el poder genera inevitablemente ventajas y acceso privilegiado, incluso cuando no se cometen delitos. 

En un gobierno que se proclamó distinto a los anteriores, la expectativa pública era que los familiares de los gobernantes se mantuvieran al margen de negocios susceptibles de generar conflictos de interés.

Casos como éste erosionan la credibilidad de un proyecto que basó buena parte de su legitimidad en la superioridad moral frente a los gobiernos del pasado.

La falta de explicaciones claras y la ausencia de investigaciones visibles alimentan la percepción de que la lucha contra la corrupción en México sigue aplicándose con criterios políticos y no con estándares universales.

Más allá de responsabilidades penales, el episodio revela que las viejas prácticas —las redes familiares, las gestiones informales y la cercanía con el poder como ventaja económica— no desaparecieron, sino que se adaptaron al nuevo discurso. 

Y cuando la retórica anticorrupción convive con este tipo de sombras, lo que se desgasta no es sólo la imagen de una persona, sino la credibilidad de todo un proyecto político.



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