Noroña y Morena convierten el Senado en Tribuna de intimidación contra Grecia Quiroz

La escena ocurrida en el Senado el 25 de marzo de 2026, cuando legisladores oficialistas corearon “¡Morón, Morón!” frente a Grecia Quiroz García, no fue un simple momento de efervescencia política, sino la muestra de una cultura de poder que normaliza la intimidación y trivializa el dolor ajeno.

Al frente de ese ambiente estuvo Gerardo Fernández Noroña, senador de Morena, cuya trayectoria se ha caracterizado más por la confrontación y la descalificación que por la construcción de consensos.

Grecia Quiroz no es una adversaria política común. Es la presidenta municipal sustituta de Uruapan y viuda de Carlos Manzo, asesinado el 1 de noviembre de 2025 durante un evento del "Día de Muertos" en la plaza central de esa ciudad. 

Tras su muerte, Quiroz García asumió el cargo impulsada por el movimiento independiente fundado por su esposo, el "Movimiento del Sombrero", desde donde ha exigido investigar a figuras de Morena como Raúl Morón Orozco, Leonel Godoy Rangel e Ignacio Campos Equihua.

Ante estas acusaciones, el Senado —uno de los recintos más solemnes de la República— se transformó en un escenario de porras y consignas, más propio de un mitin que de un órgano legislativo. 

Ver a legisladores coreando el nombre de un político señalado frente a la mujer que exige justicia por la muerte de su esposo envía un mensaje devastador: el poder se protege incluso a costa de la dignidad de las víctimas.

Noroña no es ajeno a este tipo de episodios. Sus constantes enfrentamientos con mujeres en la política, en especial con la senadora Lilly Téllez, han alimentado acusaciones de misoginia y violencia política de género. 

Incluso una autoridad electoral ya le había ordenado retirar contenido por ataques contra Quiroz, lo que vuelve más grave su participación en actos que refuerzan la hostilidad hacia ella.

Este comportamiento no es aislado, sino parte de un patrón que refleja la degradación del debate público. 

Cuando un senador usa su investidura para azuzar a sus compañeros y ridiculizar a una ciudadana, se erosiona la credibilidad de las instituciones y se envía un mensaje de impunidad.

Así, el Senado deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un teatro de confrontaciones personales y lealtades partidistas. Lo que debería ser un recinto de Estado termina reducido a una arena de gritos y provocaciones.

Quienes justifican estas conductas apelan a la libertad de expresión o a la pasión política, pero ninguna de las dos ampara la humillación ni la intimidación. 

La investidura de un senador exige responsabilidad, mesura y respeto, cualidades que parecen ausentes en episodios como el de marzo.

Si figuras como Fernández Noroña aspiran a cargos aún más altos, como la Presidencia de la República, es legítimo cuestionar si su temperamento y su historial de confrontaciones son compatibles con la conducción de un país que necesita menos estridencia y más sentido de Estado.




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