Oaxaca, laboratorio de lealtad política y desprestigio selectivo
Los acontecimientos recientes en Oaxaca alrededor de la Reforma Electoral y el llamado “Plan B” impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo de Morena evidencian un fenómeno preocupante: la conversión de un Estado federado en instrumento de validación política del poder central.
Bajo la administración de Salomón Jara Cruz, también de Morena, Oaxaca ha respaldado sistemáticamente las iniciativas federales.
Sin embargo, cuando aliados como el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México votaron en contra de la Reforma Electoral, el 12 de marzo de 2026 aparecieron lonas en la capital señalándolos como “traidores a la patria”.
El 27 de marzo de 2026, nuevas mantas surgieron contra el PT, luego de que este partido se opusiera a adelantar la revocación de mandato dentro del "Plan B".
La repetición de estas acciones, su sincronía con decisiones legislativas y su objetivo de desacreditar a aliados incómodos permiten plantear la sospecha razonable de que podrían haber sido impulsadas o toleradas por actores vinculados al gobierno estatal y al partido gobernante.
Oaxaca ha sido uno de los primeros Estados en aprobar reformas federales, a menudo en sesiones rápidas y nocturnas, limitando el escrutinio público.
En este contexto, la colocación de mantas contra aliados disidentes funciona como un mecanismo de presión y desgaste político, debilitando la pluralidad dentro de la propia coalición oficialista.
El problema no es la coincidencia ideológica con el Ejecutivo federal, sino la ausencia de debate, la aprobación acelerada de reformas y la normalización del escarnio político contra quienes disienten.
Estas prácticas erosionan los contrapesos que sostienen la democracia y reducen el federalismo a una formalidad.
Aunque no existe evidencia pública que confirme la autoría de las mantas, el contexto político y la repetición del patrón sugieren una estrategia para disciplinar y desprestigiar a los aliados que no siguen la línea oficial.
Oaxaca, así, deja de actuar como espacio de equilibrio y se convierte en un laboratorio de lealtad política, donde disentir tiene costos visibles y la democracia se ve debilitada.

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