Represión, gases, bloqueos y promesas rotas: la realidad de Oaxaca
Lo ocurrido el 17 de marzo de 2026 en Oaxaca no es un hecho aislado ni un exceso circunstancial: es el punto donde el discurso oficial comienza a desmoronarse frente a la realidad.
La llamada “Primavera Oaxaqueña” enfrenta su prueba más seria cuando, ante la protesta social, la respuesta vuelve a ser el uso de la fuerza.
Las movilizaciones del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEP), la Alianza de Pueblos por la Justicia Social, habitantes de Pueblo Nuevo y estudiantes normalistas, reflejan un problema de fondo: demandas que no han sido resueltas y una interlocución política que no está funcionando.
En ese contexto, el desalojo de bloqueos —con señalamientos de uso de gases y agresiones— no soluciona el conflicto, solo lo desplaza y lo agrava.
El gobierno de Salomón Jara Cruz llegó con la promesa de romper inercias. Sin embargo, cuando el control del orden público se impone sobre la construcción de acuerdos, el margen de diferenciación se reduce peligrosamente.
La pregunta ya no es si hay gobernabilidad, sino a qué costo se está sosteniendo.
Por su parte, Jesús Romero López, Secretario de Gobierno, ha reiterado una postura que combina apertura al diálogo con advertencias de intervención.
El problema es que, cuando esa advertencia se convierte en acción, el mensaje político cambia: deja de percibirse como un gobierno que escucha y se percibe como uno que administra la inconformidad mediante la fuerza.
Aquí es donde el proyecto de la Cuarta Transformación entra en tensión con sus propios principios. Si la promesa era superar prácticas del pasado, cada operativo que deriva en confrontación erosiona esa narrativa.
Y Morena, como fuerza gobernante, no puede deslindarse de esa contradicción.
La “Primavera Oaxaqueña” no se mide en discursos ni en consignas, sino en la capacidad de resolver conflictos sin reproducir esquemas que históricamente han profundizado la desconfianza social.
Porque cuando la respuesta institucional prioriza el control sobre la solución, lo que se proyecta no es transformación, sino continuidad.
Lo de hoy deja una advertencia clara: el capital político no se pierde de golpe, pero sí se desgasta cada vez que la realidad contradice la narrativa. Y en Oaxaca, esa distancia empieza a hacerse visible.

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