Beatriz Mojica Morga enfrenta el rechazo de las bases de Morena en Acapulco
El 26 de abril de 2026, en Acapulco, la senadora Beatriz Mojica Morga, de Morena, fue recibida entre abucheos, reclamos y gritos de rechazo durante una asamblea interna. No fue un incidente menor. Fue una señal política.
Porque no fue la oposición. Fue Morena contra Morena. Fue, en los hechos, la propia Cuarta Transformación confrontándose a sí misma.
Durante años, el partido en el poder construyó su narrativa sobre una promesa: ser distinto. Sin las prácticas del pasado, sin imposiciones, sin élites desconectadas de la base. Ese discurso es, precisamente, el corazón de la llamada Cuarta Transformación. Pero la escena en Acapulco lo rompe. Lo exhibe.
Ahí no hubo matices: le gritaron “¡fuera!”, “¡no nos representas!”, “¡el pueblo no te quiere!”, “¡respeta a la base!” y hasta “¡chapulina!”, en un coro que dejó claro que el reclamo no era aislado, sino político.
Cuando militantes le gritan así a una de sus propias senadoras, lo que está en juego no es la forma, sino la legitimidad. No es un problema de protocolo, es un problema de representación.
La figura de Mojica Morga no es menor en este contexto. Es una de las aspirantes visibles a la gubernatura de Guerrero en 2027 y, al mismo tiempo, un perfil que arrastra una de las críticas más constantes dentro del propio movimiento: el reciclaje de cuadros políticos.
Porque antes de llegar a Morena, Beatriz Mojica construyó su carrera en el Partido de la Revolución Democrática (PRD), donde incluso ocupó cargos de dirigencia nacional. Ese pasado es, precisamente, lo que hoy le reclaman sectores de la base que no ven en ella a una representante genuina del proyecto.
Ahí está el fondo del conflicto.
Lo ocurrido en Acapulco no puede despacharse como “pasión política”. Es la manifestación de tensiones internas que crecen conforme se acerca la disputa por el poder. Porque cuando hay candidaturas en juego, también hay fracturas, bloques y confrontaciones.
Morena, eje central de la Cuarta Transformación, no es ajeno a esa lógica. Empieza a parecerse a aquello que durante años denunció.
El problema no es el abucheo. El problema es que revela algo más profundo: un movimiento que comienza a perder cohesión, donde las bases ya no siguen automáticamente a sus liderazgos y donde la unidad se vuelve discurso, no realidad.
La historia política en México es clara: los partidos no se desgastan primero por la oposición, sino por sus propias divisiones.
Acapulco no fue un episodio aislado. ¡Fue una advertencia!.

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