De promesa a decepción: el verdadero rostro de Morena

Lo que prometía ser una ruptura con el viejo régimen terminó pareciéndose demasiado a él. 

Morena no sólo absorbió a militantes de base, también recicló a expriistas, experredistas, expanistas y exfuncionarios que ya conocían el poder, los privilegios y sus abusos.

El resultado fue predecible: operadores sin experiencia real, líderes “sociales” de ocasión, caciques regionales y políticos cuestionados encontraron en el nuevo partido una vía rápida de regreso al presupuesto público.

No llegaron a transformar; llegaron a ocupar espacios, colocar familiares, imponer amigos y reconstruir redes de poder bajo otro color.

Y con ello, también regresaron las prácticas que juraron combatir: gobiernos señalados por prepotencia, autoritarismo, represión, fabricación de delitos, manipulación del discurso público y una preocupante deriva hacia formas de control cada vez más cercanas a un ejercicio de poder de corte dictatorial. 

Lo que antes se denunciaba del PRI y del PAN hoy se repite bajo nuevas siglas, pero con las mismas mañas.

La llamada Cuarta Transformación terminó funcionando más como narrativa que como ruptura real.

El liderazgo de Andrés Manuel López Obrador fue clave para el ascenso, pero también dejó una estructura dependiente de su figura. 

Aunque formalmente retirado, su influencia política sigue marcando el rumbo del movimiento, que no logró consolidarse como institución, sino como extensión de un liderazgo personal.

Hoy, muchos de los que se presentaban como “diferentes” exhiben los mismos vicios que criticaban: propiedades, lujos, enriquecimiento acelerado y escándalos constantes que erosionan la credibilidad de un proyecto que se vendió como regeneración nacional.

El problema de fondo no es sólo Morena. Es un sistema político que sigue premiando la lealtad sobre la capacidad, el oportunismo sobre la ética. Cambian las siglas, pero las prácticas sobreviven.

Y ahí está el verdadero riesgo: si Morena decepciona y la oposición arrastra el mismo historial, el problema ya no es electoral es estructural. 

Porque cuando todos prometen cambio y todos terminan haciendo lo mismo, lo que se desgasta no es un partido es la confianza de todo un país.



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