El fracaso de Morena en la ciudad de Oaxaca

En Oaxaca de Juárez, el cierre del gobierno de Francisco Martínez Neri (2022–2024), de Morena, dejó una percepción extendida de desgaste institucional. Más allá del discurso oficial, la capital arrastró problemas persistentes en servicios básicos, conflictos urbanos y una administración señalada por su limitada capacidad de respuesta.

El caso del encierro municipal “Primavera” se convirtió en uno de los episodios más delicados de su gestión: denuncias e investigaciones por la sustracción y venta de vehículos del patrimonio municipal derivaron en detenciones de funcionarios y procesos por daño al erario. Aunque negó responsabilidad directa, el episodio golpeó la credibilidad de su gobierno y alimentó la narrativa de descontrol administrativo.

El desgaste terminó traduciéndose en las urnas como un voto de castigo. La continuidad de Morena en la capital no logró sostenerse y el rechazo se extendió hacia el régimen morenista en la ciudad.

En ese escenario emergió Raymundo Chagoya Villanueva, presidente municipal de la ciudad de Oaxaca (2025-2027) postulado por el Partido Verde. Su perfil, ajeno a la carrera política tradicional y proveniente del ámbito notarial, fue interpretado como una alternativa coyuntural. Pero su rápido tránsito hacia Morena confirmó lo contrario: el cambio no fue de proyecto, sino de partido.

Desde el inicio de su administración, quedó atravesado por la influencia de Noé Jara Cruz, hermano de Salomón Jara, gobernador de Oaxaca, de Morena. Aunque Raymundo y Noé han negado cualquier esquema de imposición, la integración del gabinete y los ajustes posteriores han alimentado señalamientos sobre su cercanía política y su influencia en decisiones del Ayuntamiento.

En la primera etapa del gobierno, Noé Jara ocupó la Secretaría de Gobierno y Territorio, convirtiéndose en un actor central dentro de la administración municipal. Su salida en noviembre de 2025 fue justificada como una decisión para continuar su participación en el proyecto de la Cuarta Transformación y evitar que las críticas por nepotismo afectaran al gobierno estatal.

A partir de su renuncia, se mantuvo el debate sobre la continuidad de su grupo político en la estructura municipal, así como la incorporación de perfiles con trayectoria en el gobierno estatal. Estas dinámicas han reforzado la percepción de que el municipio opera dentro de redes políticas más amplias vinculadas al poder estatal.

En paralelo, Chagoya Villanueva ha expresado apertura a la posibilidad de buscar la reelección, condicionándola a los resultados de su gobierno. Este escenario introduce un nuevo elemento en la disputa política local, en un contexto donde la continuidad en el cargo ha dejado de ser excepcional.

En conjunto, el escenario político en la ciudad capital muestra una constante: los cambios de gobierno no han significado necesariamente cambios de modelo. Se sustituyen partidos, nombres y discursos, pero las estructuras de poder y los conflictos de fondo permanecen.

Tanto el gobierno de Neri como el de Chagoya enfrentan el mismo dilema: la distancia entre el discurso de transformación y la práctica del poder local.

Lo que ocurre en Oaxaca no es una ruptura, sino un reacomodo del mismo sistema político bajo nuevas siglas. El resultado es un ciclo repetido: el voto de castigo que promete cambio, pero termina reproduciendo los mismos conflictos estructurales.



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