Feria y Mejía: los caciques que Morena permitió en Juxtlahuaca
En Santiago Juxtlahuaca, Oaxaca, el poder no cambia. Se acomoda.
Los nombres son Nicolás Enrique Feria Romero y Arsenio Lorenzo Mejía García. Dos etapas del mismo control. En la región, sus nombres no se asocian solo a la política, sino a un cacicazgo familiar histórico.
Nicolás Feria llegó primero y marcó la línea. Gobernó y se reeligió (2017–2021). No administró: concentró poder. Su estilo fue frontal, confrontativo y autoritario. No buscó acuerdos: impuso condiciones.
Su gobierno no se recuerda por estabilidad, sino por conflictos políticos, armados, agrarios y sociales. El poder se ejercía con control territorial, mensajes directos y acompañamiento de hombres fuertemente armados. No era distancia institucional. Era dominio.
Pero ese poder no empezó con él. Su padre, Enrique Misael Feria Rodríguez, fue candidato, dirigente y operador regional del Partido Unidad Popular. No fue presidente municipal, pero sí parte del andamiaje que disputa, presiona y condiciona el poder en la región. Feria no rompió esa lógica: la heredó y la endureció.
Actualmente, Feria Romero es diputado por Putla Villa de Guerrero. Cambió el cargo, no la influencia.
Después vino Arsenio Mejía. También se reeligió (2022–2027) y sostuvo al mismo grupo. Su función: no confrontar, no alterar nada, no responder a la ciudadanía. Más omiso que prudente; más pasivo que institucional. Gobernar no es su papel: sostener el control, sí.
Su trayectoria confirma el patrón: ha transitado por distintos partidos y cargos, adaptándose a cada coyuntura para seguir vigente. No es ruptura: es continuidad por conveniencia.
Si Nicolás imponía, Arsenio permite. Y así, el poder no solo continúa: se estabiliza.
El impacto se mide fuera del discurso. Las familias de ambos no solo concentran poder político, sino también patrimonial. Acumulan grandes propiedades en Juxtlahuaca y, tras su paso por cargos públicos, incrementaron fortunas en otras partes del Estado y del país.
Los ramos 28 y 33 existen, pero no se reflejan en las comunidades. En la zona triqui de Copala, la realidad es rezago, abandono y obra pública prácticamente nula.
El dinero no desaparece, pero tampoco llega: se queda en medio, en las estructuras que controlan el municipio. Porque en Juxtlahuaca el poder no se define en las urnas. Se define en el territorio.
El voto triqui es determinante. Y quien logra alinearlo, gana. No por campaña, sino por control, acuerdos y operación previa con líderes que suelen incluir negociación política y recursos en temporada electoral.
Feria entendió ese mecanismo y lo usó. Mejía lo mantiene intacto. Por eso, hablar de cambio es sostener una ficción.
Morena no rompió con este sistema en Juxtlahuaca. Lo aceptó.
Y cuando el poder se hereda, se concentra y se administra dentro del mismo grupo, la política deja de ser alternativa. Se vuelve permanencia.

Comentarios
Publicar un comentario