Fortino Velasco: el fraude impune en Juxtlahuaca
En Santiago Juxtlahuaca, el fraude no llegó de sorpresa. Se repitió.
Antes de la caja de ahorro “1 de mayo”, ya habían desaparecido otras. Prometieron rendimientos, generaron confianza y dejaron a cientos de personas sin nada.
Las víctimas eran las mismas: indígenas, campesinos, mujeres, adultos mayores. Personas sin acceso a la banca formal, muchas sin leer, escribir ni hablar español, pero que sí sabían ahorrar.
Confiaron porque durante años no hubo bancos en Juxtlahuaca. No tenían otra opción.
Entonces vino la “1 de mayo”. Repitió la fórmula: intereses altos, cercanía y confianza comunitaria. Funcionó hasta que dejó de funcionar para la gente.
En 2020, el caso se hizo público. Para entonces, el daño ya estaba hecho.
Cientos de miles y millones de pesos desaparecieron. No era dinero extra. Era el ahorro de toda una vida.
Pero lo más grave vino después: el silencio. Porque no hubo una respuesta proporcional. No hay justicia clara. No hay reparación real.
En medio de ese esquema, el nombre de Fortino Velasco Avendaño, de San Pedro Chayuco, aparece de forma constante en los señalamientos.
No era ajeno a este tipo de estructuras: antes de la “1 de mayo”, ya había participado como gerente general en la caja de ahorro “SOFIC”, también en Juxtlahuaca.
No fue un error. Fue un modelo.
Fortino Velasco es profesionista e indígena mixteco. Y aún así, trabaja en el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas y en la Regiduría de Asuntos Indígenas en Santiago Juxtlahuaca.
Ese es el punto que incomoda: mientras de un lado se consolidaban posiciones, del otro se derrumbaban vidas.
El dinero no sólo desapareció: también habría circulado.
Se habría prestado a líderes regionales y actores políticos que, con el tiempo, alcanzaron cargos públicos con Morena, mientras redes familiares consolidaban patrimonio.
Para muchas víctimas, ese dinero no era un ahorro más. Era su vejez. Era la única garantía de no terminar en el abandono.
Cuando desapareció, no hubo reemplazo. Algunos se endeudaron. Otros vendieron lo poco que tenían. Muchos se quedaron sin nada.
Así, el tiempo hace lo que las instituciones no hicieron. Las víctimas envejecen. Se enferman. Mueren.
Y con cada muerte, no sólo se pierde una vida. Se pierde una denuncia. Se pierde una posibilidad de justicia.
El fraude no se está resolviendo. Se está apagando. Pero no por justicia. Por desgaste.
En Juxtlahuaca, el problema no es sólo que el dinero desaparezca. Es que la impunidad permanece.
No fue la primera vez que ocurrió. Y aun así, nadie quiso detenerlo.

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