México no cambió con Morena: sólo cambió la mentira oficial
México se encarece todos los días, pero el gobierno insiste en abaratar la realidad con discursos. Mientras el precio de los alimentos, el transporte y los servicios básicos sube sin tregua, desde el poder se repite una narrativa triunfalista que no resiste el contraste con la vida cotidiana.
El proyecto encabezado por Andrés Manuel López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum Pardo asegura que millones salieron de la pobreza. Pero esa cifra, más que reflejar bienestar, abre una duda incómoda: ¿cómo se mide el progreso cuando la gente siente que cada día le alcanza menos?.
La inflación no es un concepto técnico para millones de mexicanos; es el dilema diario entre comer o recortar. Y en ese escenario, los más golpeados no son los que aparecen en las estadísticas oficiales, sino quienes históricamente han estado fuera del foco: comunidades indígenas y campesinas, donde el alza de precios no reduce márgenes, sino que rompe la subsistencia.
Ahí no hay narrativa que valga. Hay familias que producen alimentos pero no pueden costearlos; hay regiones donde el abandono institucional es más constante que cualquier programa social. Porque sí, los apoyos existen, pero no son universales ni suficientes. Llegan a unos, excluyen a otros y, en muchos casos, operan más como herramienta política que como solución estructural.
El campo sigue siendo el gran olvidado. Sin inversión real, sin políticas de largo plazo y enfrentando costos cada vez más altos, los pequeños productores están atrapados entre el abandono y la precariedad. La autosuficiencia alimentaria, tan repetida en el discurso, se diluye frente a una realidad de dependencia y fragilidad.
Y mientras dentro del país crece la presión económica, el gobierno busca protagonismo fuera. Se presume liderazgo internacional, pero se evade el desgaste interno. Se proyecta solidaridad hacia otros países, mientras en casa millones lidian con la falta de oportunidades, empleo digno y acceso efectivo a derechos básicos.
El resultado es un país donde el cambio prometido no se tradujo en bienestar generalizado, sino en una nueva narrativa que intenta explicar por qué la vida sigue siendo igual o más difícil. La pobreza no desaparece porque se declare en retroceso; persiste cuando el ingreso no alcanza y las oportunidades no existen.
Hoy, la pregunta ya no es si hubo transformación, sino para quién. Porque cuando vivir se vuelve un lujo y sobrevivir una estrategia diaria, el problema no es de percepción: es de realidad.

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