Morena le sirvió hasta que la dejó fuera: el caso de Montserrat Caballero Ramírez
El 9 de abril de 2026, Montserrat Caballero Ramírez, quien fue presidenta municipal de Tijuana entre 2021 y 2024, anunció su salida de Morena con un discurso que pretende vestirse de dignidad, pero que huele más a ajuste de cuentas que a convicción.
Habla de “mentiras”, de “traiciones”, de un partido que perdió su esencia. Pero omite un detalle clave: esa supuesta degradación ocurrió —según ella— justo cuando dejó de tener poder.
Porque mientras gobernaba Tijuana bajo las siglas de Morena, no hubo ruptura moral, no hubo denuncia frontal, no hubo deslinde ético. El partido servía. El proyecto funcionaba. La “transformación” era válida hasta que dejó de incluirla.
La historia es conocida. Fue expulsada en 2024 por operar políticamente contra su propio partido. Regresó después, no por reconciliación, sino por cálculo. Pero ya era tarde: en Baja California el poder ya tenía otros dueños, otras lealtades, otros nombres. Y entonces vino lo inevitable: el desplazamiento.
Lo que hoy presenta como una renuncia por principios es, en realidad, la consecuencia de haber sido relegada. No se fue del poder: el poder la expulsó.
Su discurso no es una denuncia valiente, es una narrativa conveniente. La misma que repiten políticos cuando pasan de beneficiarios del sistema a víctimas del mismo.
Mientras están dentro, callan. Cuando salen, descubren de pronto la corrupción, la traición y la falta de valores. Pero el problema no es solo Montserrat Caballero Ramírez. El problema es lo que representa.
Morena, el partido que prometía ser distinto, empieza a exhibir las mismas prácticas que decía combatir: grupos cerrados, decisiones desde arriba, lealtades por encima de méritos y una lógica brutal de inclusión y exclusión. Quien no se alinea, sobra.
Y cuando alguien sobra, ocurre lo de siempre: se rompe, denuncia y se victimiza. En ese juego, la “dignidad” no es un principio, es un recurso discursivo.
La salida de Montserrat Caballero Ramírez no sacude a Morena. No lo pone en crisis. Pero sí lo exhibe.
Exhibe que la llamada Cuarta Transformación, en muchos casos, no cambió las reglas del poder, solo cambió a quienes lo administran. Exhibe que los principios son flexibles cuando hay cargo, pero inquebrantables cuando ya no lo hay.
Y exhibe, sobre todo, que en la política mexicana —incluso bajo nuevas siglas— la historia se repite con una precisión incómoda: primero el poder, después la lealtad y al final, cuando todo se pierde, la dignidad.

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