Morena y la hipocresía en el poder
Morena nunca fue diferente. Solo tenía hambre. Hambre de poder. Hambre de dinero. Hambre de ocupar el lugar de los que tanto criticaban.
Durante años vendieron una idea: que eran distintos, que venían a limpiar al país. Pero no estaban en contra de la corrupción, estaban en contra de no ser parte de ella. No era convicción, era ambición.
Y cuando llegaron al poder, lo confirmaron. No transformaron nada: tomaron el sistema y lo hicieron suyo.
Hoy el poder no solo se ejerce, se reparte. Familiares, amigos, operadores políticos ocupando cargos en todos lados: gobiernos, congresos, organismos, universidades. El nepotismo dejó de ser escándalo para convertirse en regla.
No fue un error. Fue el mecanismo. Y mientras eso pasa, el discurso sigue intacto: hablan de austeridad mientras viven con privilegios; hablan de honestidad mientras se acumulan propiedades y poder.
Cada día aparece un nuevo caso, una nueva muestra de que aquello que prometieron erradicar lo replicaron.
Pero hay algo aún más grave. No solo son iguales: son más intolerantes. La crítica no se escucha, se ataca. La protesta no se atiende, se desacredita.
El que alza la voz es difamado o criminalizado. Porque un gobierno que concentra poder necesita controlar la narrativa.
Morena no rompió con el pasado. Lo absorbió y lo perfeccionó. Lo que antes era corrupción, hoy se justifica. Lo que antes era abuso, hoy se defiende como transformación.
Y así, entre discurso y cinismo, quedó claro: No era cambio. Era relevo. Y el hambre que tenían terminó convirtiéndose en sistema.

Comentarios
Publicar un comentario