Oaxaca exige cambios reales, pero el pider sigue en los mismos de siempre

En Oaxaca crece la percepción de que el poder político no se ha transformado, sino que ha permanecido concentrado en los mismos grupos de siempre.

Más allá del discurso de “transformación”, distintos sectores señalan que lo que existe es un reacomodo de élites políticas que mantienen el control de las instituciones bajo nuevas siglas.

En la práctica, tanto en el gobierno estatal como en el municipio de Oaxaca de Juárez, se repiten perfiles, operadores y redes de influencia que han transitado por distintas administraciones. 

El cambio de partidos no siempre ha significado un cambio de estructuras, sino la continuidad de grupos con capacidad de adaptación política.

A esto se suma una de las críticas más recurrentes: el nepotismo. Señalamientos desde diversos sectores apuntan a la presencia de redes familiares dentro del aparato gubernamental, tanto en espacios vinculados a Morena como al Partido Verde. 

Para muchos, familiares de funcionarios y actores políticos han ocupado cargos públicos, lo que refuerza la percepción de un sistema cerrado, con acceso limitado y dominado por círculos cercanos al poder.

En este escenario, el Partido del Trabajo (PT) busca reposicionarse como una fuerza con identidad propia dentro de la izquierda, recordando su papel en el respaldo inicial al proyecto de Andrés Manuel López Obrador, antes de la consolidación de Morena como fuerza dominante y de sus actuales aliados.

Dentro de este reacomodo político, la diputada federal Margarita García García comienza a perfilarse como posible figura rumbo a la gubernatura de Oaxaca, impulsada por sectores del PT que buscan una alternativa frente al bloque dominante.

Con una larga trayectoria legislativa y social, su perfil se ha vinculado a la defensa de derechos laborales, la crítica a irregularidades administrativas y la denuncia de presuntos abusos en el servicio público. 

Su presencia ha crecido en sectores obreros y comunidades con alto nivel de inconformidad.

Sin embargo, el debate de fondo no es solo de nombres. Oaxaca enfrenta problemas estructurales profundos: pobreza persistente, migración, rezago educativo, crisis en salud, conflictos agrarios y debilidad institucional. En ese contexto, la discusión ya no es solo quién gobierna, sino cómo se gobierna.

Las preguntas siguen abiertas: ¿el actual modelo representa una transformación real o solo un reacomodo del poder? ¿Existe realmente una alternativa fuera del bloque dominante? ¿O el sistema seguirá operando con los mismos actores bajo nuevas etiquetas?

En Oaxaca, el cambio sigue siendo una promesa en disputa. Y cada vez más voces cuestionan si ese cambio, en realidad, ha llegado.



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