"¿Para qué se manifiestan?": reclamó Claudia Sheinbaum a pobladores de San José Chiapa, Puebla
El 11 de abril de 2026, en San José Chiapa, Puebla, quedó claro que el discurso de cercanía con el pueblo tiene límites y esos límites aparecen cuando el pueblo protesta.
Durante un acto oficial, Claudia Sheinbaum no sólo fue interrumpida por pobladores que rechazan la instalación de una recicladora; decidió confrontarlos públicamente. “¿Para qué se manifiestan?”, les reclamó.
La frase no es menor: revela una visión donde la protesta estorba, donde alzar la voz resulta innecesario si el gobierno “ya prometió escuchar”.
Pero el problema es precisamente ese. En México, prometer no es garantizar. Y las comunidades lo saben.
Lejos de abrir un canal real de participación, la presidenta defendió el proyecto bajo una lógica técnica: no es basurero, es “economía circular”. Incluso lanzó una falsa disyuntiva: “¿prefieren un basurero a cielo abierto?”.
Un argumento que no responde al fondo del reclamo, sino que intenta reducir la inconformidad a ignorancia o manipulación.
Peor aún, el “diálogo” ofrecido llegó con condiciones: sí habrá asamblea, pero no para decidir, sólo para escuchar. Es decir, participación sin poder. Consulta sin consecuencias. Una simulación que se ha vuelto costumbre.
La escena del 11 de abril no es anecdótica. Exhibe una contradicción cada vez más evidente en la llamada Cuarta Transformación: un gobierno que se dice del pueblo, pero que se incomoda cuando el pueblo deja de aplaudir y empieza a cuestionar.
Porque la protesta no surge cuando todo está bien. Surge cuando la gente ya no confía en los canales institucionales, cuando siente que las decisiones ya están tomadas y sólo queda resistir.
La pregunta no es “¿para qué se manifiestan?”. La pregunta es: ¿por qué un gobierno que se dice del y para el pueblo le teme tanto a la presión popular?.

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