Rigoberta Menchú Tum: la farsa de Morena que no representa a los pueblos indígenas de México

El 24 de abril de 2026, el gobierno de Claudia Sheinbaum, de Morena y de la llamada Cuarta Transformación, formalizó el nombramiento de Rigoberta Menchú Tum como consejera en política exterior. No fue un gesto menor. Fue una señal política.

Menchú Tum —indígena maya quiché de Guatemala y Premio Nobel de la Paz— obtuvo la nacionalidad mexicana el 16 de julio de 2025. En menos de un año, ya representa desde el Estado mexicano una agenda que involucra directamente a los pueblos indígenas del país.

Ahí empieza la contradicción.

México tiene más de 64 pueblos originarios, con liderazgos propios, conocimiento del territorio y una historia viva de resistencia. Sin embargo, ninguno ocupa ese espacio. El gobierno optó por una figura internacional, funcional para el discurso exterior, pero sin arraigo en la realidad indígena mexicana.

No es un asunto personal. Es político.

La Cuarta Transformación presume poner primero a los pueblos indígenas, pero en los hechos decide sin ellos. No hubo consulta, no hubo participación, no hubo representación. Hubo designación.

Y eso pesa.

Porque este nombramiento no cambia la vida en las comunidades. No resuelve la falta de médicos, no mejora las escuelas, no garantiza acceso equitativo a programas. No fortalece la autonomía ni atiende los conflictos que siguen marcando el territorio.

Sirve para otra cosa: proyectar una imagen.

Una imagen de compromiso, inclusión y liderazgo internacional en derechos indígenas. Pero esa narrativa se construye desde arriba, mientras abajo persisten las mismas condiciones.

Ese es el fondo del problema.

No se trata de negar la trayectoria de Rigoberta Menchú Tum. Su historia es reconocida. Se trata de cuestionar el uso político de su figura.

Porque cuando un gobierno habla en nombre de los pueblos indígenas, pero no les da voz en las decisiones, no hay representación: hay sustitución.

Y cuando la representación se sustituye por símbolos, lo que queda no es transformación.

Es simulación.

Al final, la pregunta no es quién puede hablar de los pueblos indígenas en el mundo.

La pregunta es: ¿por qué, dentro de México, siguen sin ser ellos quienes deciden?



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