Vilma Martínez Cortés y la nueva burocracia de Morena en Oaxaca
En México, el discurso de la austeridad se ha convertido en una bandera recurrente del poder en turno. Pero una cosa es proclamarla y otra muy distinta es practicarla. Y es en esa distancia donde se empieza a medir la verdadera naturaleza de los gobiernos.
En la llamada “Primavera Oaxaqueña”, encabezada por el gobernador Salomón Jara Cruz de Morena, la narrativa oficial insiste en la humildad, la cercanía con el pueblo y el fin de los privilegios.
Sin embargo, en la práctica cotidiana del poder, esas promesas suelen diluirse en gestos, hábitos y dinámicas que recuerdan más a lo que se dijo haber superado que a una transformación real.
El caso de la titular de la Secretaría de Bienestar, Tequio e Inclusión del Estado de Oaxaca (SEBIENTI), Vilma Martínez Cortés, se ha colocado en el centro del debate público a partir de imágenes y videos donde se observa a personal de apoyo realizando tareas de asistencia básica, como abrir la puerta de un vehículo oficial o de uso institucional.
No se trata de un delito ni de una irregularidad administrativa. Pero tampoco es un hecho menor cuando se contrasta con el discurso de austeridad republicana que el propio gobierno ha colocado como eje moral de su proyecto político.
El problema no es la puerta. El problema es lo que simboliza: la persistencia de jerarquías visibles, de distancias normalizadas y de prácticas que reproducen la lógica del poder como privilegio, incluso dentro de estructuras que dicen combatirlo.
Porque cuando el poder se acostumbra a ser asistido en lo mínimo, el riesgo no es el gesto en sí, sino la naturalización de una forma de gobernar donde la humildad se vuelve discurso y no práctica.
Morena llegó al poder con la promesa de romper con la llamada “burocracia dorada” y los excesos del pasado. Pero la historia política mexicana es insistente en algo: los estilos cambian de color, no siempre de fondo.
Y ahí está el verdadero punto de incomodidad. No en una escena aislada, sino en la repetición de patrones donde el poder, sin importar el partido, tiende a comportarse como poder.
La pregunta de fondo sigue abierta: ¿se está transformando la forma de gobernar o solo se están reciclando las viejas prácticas con nuevos discursos?.

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