AMLO y Segalmex: de la "austeridad moral" al saqueo de Morena
Cuando Andrés Manuel López Obrador —fundador de Morena y arquitecto de la llamada Cuarta Transformación— admite que Seguridad Alimentaria Mexicana (Segalmex) es “la mancha” de su gobierno, intenta cerrar el expediente con una frase. Pero esa “mancha” no es superficial: es una fractura directa en el corazón de su narrativa anticorrupción.
Durante años, el discurso fue contundente: no eran iguales, no habría corrupción tolerada desde el poder, se acabarían los abusos estructurales. Sin embargo, el caso de Segalmex —creado precisamente para garantizar alimentos a los más pobres— terminó convertido en un símbolo de saqueo dentro del propio aparato que prometía combatirlo.
La explicación presidencial raya en lo conveniente: “descuido”, “mala suerte”, funcionarios que “se corrompen”. Ese encuadre no solo minimiza el problema, lo despolitiza deliberadamente. Porque aceptar que fue un entramado implicaría reconocer fallas de control, complicidades y, sobre todo, responsabilidad política desde la cúspide del poder.
Y ahí es donde el discurso se vuelve insostenible. No se trata de un error administrativo ni de un caso aislado. Se trata de uno de los desfalcos más grandes en décadas, operado dentro de una institución estratégica del propio gobierno de Morena. Pretender que algo así ocurra sin fallas sistémicas es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una evasión calculada.
La narrativa de “cero impunidad” también merece escrutinio. Sí, hay detenidos y procesos en marcha. Pero el patrón es claro: se judicializa hacia abajo y se protege hacia arriba. No hay consecuencias políticas proporcionales al tamaño del escándalo ni rendición de cuentas al nivel del discurso que se proclamaba moralmente superior.
El contraste es brutal: mientras se señalaba a gobiernos anteriores como sinónimo de corrupción estructural, el caso Seguridad Alimentaria Mexicana demuestra que el problema no desapareció; simplemente cambió de narrativa.
Segalmex no es solo la “mancha” que reconoce López Obrador. Es la prueba de que el proyecto que prometía transformar la vida pública también fue incapaz de blindarse frente a los mismos vicios que denunció.
Y eso pesa más que cualquier eslogan. Porque cuando la excepción es demasiado grande, deja de ser excepción. Se convierte en síntoma.

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