CNTE llama "acarreados" a militantes de Morena en Oaxaca

La escena ocurrida el 31 de mayo de 2026 en Oaxaca tiene un simbolismo que va mucho más allá de unos cuantos gritos.

Mientras simpatizantes de Morena llegaban al "Parque Primavera" para seguir la transmisión del mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum, docentes de la Sección XXII de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación les recibían con una consigna incómoda: “¡Acarreados, acarreados!”.

Durante años, Morena construyó su narrativa política denunciando precisamente las prácticas de movilización corporativa que caracterizaron al viejo régimen. 

Los acarreados eran, según el discurso obradorista, una muestra de la simulación democrática que el movimiento prometía erradicar. 

Hoy, sin embargo, son los propios aliados históricos de la izquierda quienes utilizan ese calificativo contra las concentraciones organizadas por el partido gobernante.

El episodio revela una realidad que el oficialismo preferiría evitar: la relación entre Morena y sectores importantes de la CNTE atraviesa uno de sus momentos más tensos. 

Las protestas magisteriales de las últimas semanas, los desencuentros con el gobierno federal y la falta de acuerdos en temas como pensiones y derechos laborales han abierto una brecha cada vez más visible.

Lo que antes era una alianza política basada en causas comunes hoy parece una relación marcada por la desconfianza. 

La CNTE ya no se presenta como un respaldo automático del gobierno, sino como un actor dispuesto a confrontarlo públicamente cuando considera que sus demandas no son atendidas.

Para Morena, el problema no es únicamente la protesta. El verdadero riesgo es que las críticas provengan de organizaciones que durante años ayudaron a construir la legitimidad social de la llamada Cuarta Transformación.

Cuando la oposición acusa al gobierno de prácticas clientelares, el oficialismo puede descalificarla. Cuando el señalamiento surge desde antiguos aliados, el impacto político es distinto.

Los gritos en Oaxaca fueron breves, pero el mensaje resultó contundente. Mientras el gobierno celebraba dos años del triunfo electoral que llevó a Sheinbaum a la Presidencia, una parte del magisterio recordaba que el respaldo popular no es un cheque en blanco.

La paradoja es evidente. El movimiento que nació denunciando los acarreos ahora enfrenta acusaciones de reproducir aquello que prometió combatir. 

Y cuando los cuestionamientos vienen desde sus propias filas históricas, el problema deja de ser de imagen para convertirse en un síntoma de desgaste político.



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