Morena y la política de la victimización
En la política democrática, las críticas son inevitables. Forman parte del debate público y constituyen uno de los principales mecanismos de control sobre quienes ejercen el poder.
Sin embargo, cuando todo cuestionamiento es atribuido a conspiraciones, campañas oscuras o enemigos externos, el riesgo es que los hechos terminen desplazados por la narrativa.
El 31 de mayo de 2026, desde el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a recurrir a una explicación que se ha vuelto frecuente en el discurso oficial: detrás de las críticas al gobierno habría campañas millonarias, manipulación algorítmica, desinformación y una ofensiva de la derecha nacional e internacional.
La tesis puede resultar políticamente rentable. Convierte al gobierno en víctima y a los críticos en operadores de intereses oscuros. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿toda crítica es producto de una conspiración?
Porque las preocupaciones que hoy enfrenta el gobierno no nacieron en laboratorios digitales.
La violencia del crimen organizado, las dudas sobre algunos gobiernos estatales de Morena, los problemas económicos, las protestas sociales y los cuestionamientos a la reforma judicial son asuntos reales que existen fuera de las redes sociales.
Reducir el debate a una guerra de algoritmos tiene una ventaja evidente: evita discutir el fondo de los problemas.
Si toda crítica proviene de bots, campañas extranjeras o adversarios políticos, entonces ya no es necesario responder a los argumentos ni aclarar los hechos. Basta con desacreditar al mensajero.
La paradoja es que Morena llegó al poder denunciando precisamente esa actitud en gobiernos anteriores.
Durante años acusó al viejo régimen de descalificar a opositores, periodistas y ciudadanos inconformes en lugar de responder a los cuestionamientos.
Hoy, desde el poder, reproduce una lógica similar: quien critica no necesariamente tiene razón, pero tampoco puede ser automáticamente presentado como parte de una conspiración.
Las campañas de desinformación existen. Los intereses políticos también. Nadie lo discute. Lo preocupante es cuando esa explicación se convierte en la respuesta automática para cualquier señalamiento incómodo.
Una democracia sana requiere gobiernos capaces de distinguir entre ataques coordinados y críticas legítimas.
Cuando todo se interpreta como una ofensiva enemiga, el riesgo es terminar gobernando contra fantasmas mientras los problemas reales siguen esperando soluciones.
El poder que ve conspiraciones en cada crítica corre el peligro de dejar de escuchar a los ciudadanos que dice representar.

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