Del plantón heroico al plantón incómodo: la memoria selectiva de Morena

El 10 de junio de 2026, el senador de Morena, Higinio Martínez Miranda, pidió a la CNTE decretar una tregua y suspender temporalmente sus movilizaciones durante el Mundial de Futbol. 

Argumentó que los bloqueos afectaban a millones de ciudadanos y que el magisterio ya había hecho un uso excesivo de su derecho a manifestarse.

La declaración habría pasado como una opinión más dentro del debate político si no fuera porque proviene de un movimiento que construyó buena parte de su identidad precisamente a través de la protesta, los plantones y la ocupación del espacio público.

La contradicción es evidente.

En 2006, Andrés Manuel López Obrador encabezó un plantón que mantuvo bloqueado Paseo de la Reforma durante 48 días tras denunciar fraude electoral.

En aquel momento, los dirigentes que hoy gobiernan defendieron la movilización como un acto legítimo de resistencia democrática.

Quienes cuestionaban las afectaciones eran acusados de minimizar las causas de fondo de la protesta.

Veinte años después, el discurso parece haberse invertido. 

Ahora son los gobernantes quienes apelan al orden, la movilidad y la gobernabilidad para exigir que una protesta concluya. 

Lo que antes era una expresión legítima de lucha social hoy es presentado como un exceso.

La CNTE inició su paro nacional el 1 de junio de 2026 con demandas que no son nuevas: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, mejores condiciones laborales y un sistema de pensiones más justo. 

Son reclamos que Morena respaldó durante años desde la oposición, pero que ahora enfrenta desde el poder con argumentos de inviabilidad financiera y límites presupuestales.

El problema para Morena no es únicamente el plantón. El verdadero problema es el espejo que la CNTE coloca frente al gobierno. 

Cada bloqueo recuerda las tácticas que el propio movimiento utilizó para desafiar a gobiernos anteriores.

Cada crítica oficial revive las imágenes de los campamentos que antes eran defendidos como herramientas legítimas de presión política.

La historia demuestra que en México muchas veces no cambian los métodos de protesta; cambian quienes ocupan el poder. 

Y cuando eso ocurre, principios que parecían inquebrantables suelen convertirse en discursos de ocasión.

La pregunta sigue vigente: si 48 días de plantón fueron considerados un acto de dignidad democrática, ¿por qué apenas unos días de protesta magisterial son ahora calificados como un exceso?

La respuesta es incómoda, pero cada vez más evidente: el poder no solo transforma a los gobiernos; también transforma la memoria.



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