El IMPI otorga la marca a la familia del pato Merlín

Lo del Pato Merlín no fue una simple anécdota del folclor digital mexicano. Fue una radiografía brutal de cómo opera el oportunismo en este país: alguien construye una historia, un símbolo, una identidad pública; otro llega corriendo a la ventanilla para intentar quedarse con el negocio. Así de burdo. Así de mexicano.

El 24 de junio de 2026, Vidal Llerenas Morales, Director General del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), tuvo que salir a decir en voz alta lo que nunca debió ponerse en duda: que la marca del Pato Merlín corresponde a la familia de Carla Ivette Gómez, propietaria del ave convertida en emblema viral rumbo al Mundial 2026. El solo hecho de que el Estado haya tenido que intervenir para frenar a terceros que quisieron apropiarse del nombre ya es, por sí mismo, un retrato del problema.

Porque aquí no hubo una disputa sofisticada entre empresas, creativos o inversionistas. Hubo algo más pedestre: la tentativa de capturar una fama ajena con un trámite rápido y una dosis de cinismo. Mientras la familia de Merlín lidiaba con la exposición repentina de su pato, hubo quienes vieron una oportunidad de negocio y trataron de registrar su nombre como si la viralidad fuera un terreno baldío y el IMPI una oficina para legalizar el agandalle.

Ese es el fondo del escándalo: no sólo la ambición de los particulares, sino las grietas de un sistema que permite que el más veloz intente quedarse con lo que no creó. Si la presión mediática no hubiera escalado, si la familia no hubiera reaccionado a tiempo y si el IMPI no se hubiera visto obligado a fijar postura, el desenlace pudo haber sido otro: el despojo con sello oficial.

Lo del Pato Merlín debería dejar una lección incómoda. En México, la creatividad, la identidad y hasta el afecto pueden convertirse en botín si alguien detecta que hay dinero de por medio. Y eso no habla sólo de un vacío legal; habla de una cultura del saqueo donde no se premia al creador, al dueño o al origen, sino al más vivo, al más rápido y al más dispuesto a lucrar con lo ajeno.

Vidal Llerenas apagó el incendio, sí. Pero el incendio existe porque hay un sistema que todavía le abre la puerta a los piratas de la viralidad.




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