El mito digital: cuando la izquierda explica sus derrotas mirando el algoritmo

La narrativa es tentadora: si la izquierda pierde elecciones, no es por errores propios, ni por desgaste político, ni por desconexión social, sino por una fuerza omnipresente, invisible y perfectamente funcional al adversario: el algoritmo.

Bajo esa lógica, la política deja de ser un terreno de disputa material y se convierte en una guerra etérea contra redes sociales todopoderosas.

En ese marco se inscriben las declaraciones atribuidas a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, realizadas el 26 de junio de 2026, al referirse a la derrota de la izquierda en Colombia y señalar el impacto de la desinformación digital como factor decisivo.

El problema no es la advertencia —que tiene sustento parcial en fenómenos reales— sino su posible conversión en explicación totalizante.

Porque cuando todo se explica por la “desinformación”, nada se explica realmente.

Las redes sociales son, sin duda, un campo de batalla político. Allí circulan campañas coordinadas, narrativas manipuladas, bots, cuentas automatizadas y operaciones de influencia. Negarlo sería ingenuo.

Pero convertir ese ecosistema en la causa central de una derrota electoral es políticamente cómodo y analíticamente pobre. Es trasladar el foco desde la política hacia la tecnología, desde los partidos hacia las plataformas, desde la estrategia hacia la excusa.

La izquierda latinoamericana enfrenta un problema más profundo que cualquier campaña digital adversa: la erosión de su vínculo orgánico con sectores sociales que alguna vez fueron su base natural.

La distancia entre discurso institucional y vida cotidiana, entre promesa y resultado, entre narrativa progresista y gestión concreta, no se resuelve culpando a Silicon Valley.

Incluso el segundo eje del argumento —la necesidad de organización territorial— termina siendo el punto que contradice la coartada digital.

Porque si la clave es la organización en el territorio, entonces el problema no es el algoritmo: es la estructura política. Es la militancia debilitada, la movilización irregular, la pérdida de densidad social, la burocratización del proyecto.

La trampa del relato digital es que externaliza la responsabilidad.

Convierte la derrota en producto de una ingeniería externa casi imposible de combatir, lo que permite evitar preguntas más incómodas:

¿por qué el mensaje no conecta? ¿por qué el voto se fuga? ¿por qué la base social ya no responde como antes?

Además, el uso indiscriminado del concepto “desinformación” como explicación general abre una deriva peligrosa: la de convertir cualquier crítica en sospecha, cualquier disenso en manipulación, cualquier derrota en conspiración.

Esa lógica, lejos de fortalecer a los proyectos progresistas, puede aislarlos en una burbuja defensiva donde el error nunca es propio y siempre ajeno.

El punto no es negar la influencia digital, sino ubicarla en su justa dimensión. Las redes no crean realidades políticas desde cero: las amplifican, las distorsionan, las aceleran.

Pero no sustituyen lo fundamental: la capacidad de los proyectos políticos de construir mayoría social real.

Por eso, el verdadero debate no debería ser si el algoritmo influye, sino por qué influye más en unos que en otros. Y sobre todo, qué dice eso de la relación entre política, sociedad y representación.

Porque al final, culpar a las redes puede ser una forma elegante de evitar una verdad más incómoda: en política, no siempre se pierde por lo que otros hacen mejor, sino por lo que uno dejó de hacer a tiempo.



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