Huehuetla y los indígenas que no fueron entendidos por Noroña
El 18 de junio de 2026, en Huehuetla, Puebla, Gerardo Fernández Noroña dejó escapar una frase que terminó exhibiendo una contradicción profunda dentro del movimiento que gobierna México.
Al percatarse de que varios asistentes indígenas no comprendían el español, reaccionó con un: “Pues andamos valiendo madre”. Bastaron unas cuantas palabras para abrir una discusión que Morena difícilmente puede eludir.
El episodio habría pasado como un desliz más de un político acostumbrado a la polémica si no fuera porque ocurre en un momento en que el oficialismo insiste en presentarse como el gran defensor de los pueblos originarios.
Mientras el gobierno de Claudia Sheinbaum mantiene viva la exigencia de reconocimiento histórico hacia las comunidades indígenas y reivindica constantemente sus derechos, uno de los personajes más visibles del movimiento parece sorprenderse de que existan mexicanos cuya lengua principal no sea el español.
La contradicción es evidente. Morena ha construido buena parte de su narrativa política sobre la idea de saldar la deuda histórica con los pueblos indígenas.
Sin embargo, cuando esa realidad aparece frente a sus dirigentes, ya no en discursos ni ceremonias, sino en personas concretas que hablan una lengua distinta, la reacción es de desconcierto.
Lo ocurrido en Huehuetla no expone únicamente a Noroña.
Expone a una clase política que suele utilizar a los pueblos originarios como símbolo, pero que con frecuencia demuestra escaso conocimiento de sus condiciones reales.
Se les invoca en campañas, se les menciona en informes de gobierno y se les coloca en el centro de los discursos oficiales.
Pero cuando llega el momento de construir una relación genuina basada en el respeto a su identidad lingüística y cultural, las limitaciones afloran.
La pregunta de fondo es incómoda para Morena: ¿el reconocimiento a los pueblos indígenas es una convicción o una herramienta política?
Porque resulta difícil sostener un discurso de inclusión mientras se considera un problema que ciudadanos mexicanos se expresen en la lengua heredada de sus comunidades.
La diversidad lingüística de México no es una anomalía que deba corregirse; es una riqueza que debería ser comprendida y respetada por quienes aspiran a representar a toda la nación.
Si un líder político llega a una comunidad indígena y se sorprende de escuchar una lengua indígena, el problema no está en la comunidad. El problema está en la distancia que existe entre el discurso oficial y la realidad.
El incidente de Huehuetla deja una lección contundente: es fácil hablar en nombre de los pueblos indígenas; lo difícil es escucharlos.
Y cuando un gobierno presume ser la voz de quienes históricamente fueron ignorados, debería empezar por entenderlos antes de utilizarlos como bandera política.
Porque el respeto no se demuestra con discursos sobre el pasado, sino con actitudes frente al presente. Y ahí, una vez más, Morena quedó a deber.

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