Manuela Obrador y el nerviosismo que Morena ya no puede ocultar
El 16 de junio de 2026, durante una asamblea de Morena en Palenque, Chiapas, Manuela Obrador Narváez, actual delegada federal de los Programas para el Bienestar en Chiapas y prima del expresidente Andrés Manuel López Obrador, llamó a Donald Trump "asqueroso", "tirano" y "misógino".
Sus palabras provocaron aplausos entre la militancia, pero también dejaron al descubierto una estrategia política que Morena ha utilizado una y otra vez cuando enfrenta momentos de presión: sustituir las respuestas por la confrontación.
Criticar a Trump no es difícil. Su historial político ofrece argumentos de sobra para cuestionarlo.
Lo verdaderamente interesante es por qué desde sectores del oficialismo se ha decidido elevar el tono precisamente ahora.
Cuando aumentan los cuestionamientos sobre seguridad, cuando persisten las dudas sobre la capacidad del Estado para enfrentar al crimen organizado y cuando la presión internacional sobre México se vuelve más intensa, la narrativa del enemigo externo reaparece con una puntualidad sorprendente.
La fórmula es conocida. Si el debate gira en torno a los problemas internos, se invoca la soberanía nacional. Si las críticas aumentan, se denuncia intervencionismo extranjero. Si la discusión amenaza con centrarse en los resultados del gobierno, se desplaza la atención hacia Washington. No es una estrategia nueva, pero sí una que revela más preocupación que confianza. Lo significativo es que el mensaje no provino de una militante cualquiera.
Provino de una integrante de la familia política más emblemática del obradorismo. Por eso sus declaraciones trascienden el ámbito local y adquieren una dimensión nacional.
No reflejan únicamente una opinión personal; reflejan el tono de un movimiento que parece haber encontrado en la confrontación permanente una forma de evitar los debates más incómodos.
La soberanía nacional merece ser defendida. Pero la soberanía no se fortalece con discursos incendiarios ni con consignas partidistas. Se fortalece con instituciones eficaces, con seguridad para los ciudadanos, con crecimiento económico y con gobiernos capaces de rendir cuentas.
Cuando la retórica sustituye a los resultados, el patriotismo corre el riesgo de convertirse en propaganda. Al final, el problema para Morena no es Donald Trump. Trump está en Washington haciendo política para sus intereses.
El desafío real del oficialismo está en México, donde millones de ciudadanos esperan respuestas a problemas que siguen sin resolverse.
Y cuando un gobierno necesita hablar constantemente de amenazas externas para mantener cohesionadas a sus bases, la pregunta deja de ser qué tan peligroso es el adversario de afuera.
La verdadera pregunta es qué tan preocupado está el poder por lo que ocurre dentro de casa.

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