Merlin y la política del distractor de Morena
El 19 de junio de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que invitará al Pato Merlín a Palacio Nacional. Lo presentó como “un símbolo pequeñito de nuestra cultura” y como una muestra del ingenio mexicano que ha conquistado las redes durante el Mundial. La historia es simpática. El problema es el contexto.
Nadie cuestiona el cariño que millones de personas sienten por Merlín. Tampoco su inesperado éxito como mascota no oficial del Mundial. Lo que genera debate es que, mientras un fenómeno viral recibe atención presidencial inmediata, miles de mexicanos siguen esperando ser escuchados.
Las madres buscadoras recorren el país con picos y palas buscando a sus hijos. Los familiares de los 43 estudiantes de Ayotzinapa continúan exigiendo respuestas después de más de una década. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) mantiene movilizaciones por demandas que considera incumplidas. Productores del campo denuncian abandono y falta de apoyos. Todos ellos llevan años tocando las puertas del poder.
El gobierno responderá que una invitación a un pato no impide atender los asuntos nacionales. Y es verdad. Pero la política también se construye con símbolos. Lo que un gobierno decide destacar revela mucho sobre lo que considera prioritario.
La Cuarta Transformación nació prometiendo poner en el centro a quienes históricamente fueron ignorados. Sin embargo, escenas como ésta alimentan una percepción cada vez más extendida: la de un gobierno que domina la narrativa pública, pero que con frecuencia sustituye las soluciones por los mensajes, la gestión por la propaganda y la realidad por el espectáculo.
Merlín no es el problema. El problema es que su historia exhibe una contradicción incómoda. Para algunos ciudadanos, conseguir una audiencia, una respuesta o una solución puede tomar años. Para un personaje viral, bastaron unos días y millones de reproducciones en redes sociales.
En tiempos donde México enfrenta crisis de seguridad, desapariciones, conflictos sociales y reclamos acumulados, la imagen de Palacio Nacional abriendo sus puertas a un pato mientras tantas causas siguen esperando resulta inevitablemente simbólica.
Porque el debate nunca fue sobre Merlín.
El debate es sobre un gobierno que parece reaccionar más rápido a la viralidad que al dolor, más atento al aplauso que a la exigencia, y más dispuesto a convertir la política en espectáculo que a enfrentar los problemas que siguen esperando respuesta.
Y cuando eso ocurre, el pato deja de ser noticia. La prioridad del poder se convierte en el verdadero tema.

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