"No dejemos que nos traten mal": ¿discurso o política de Estado?

El 27 de junio de 2026, en medio de una nueva escalada de tensiones con el gobierno de Donald Trump, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo un llamado a defender la dignidad de México y pidió a los connacionales no permitir malos tratos por parte de Estados Unidos. 

"Nunca dejemos que nos traten mal", dijo. La frase despertó aplausos, pero también una pregunta inevitable: ¿basta con un discurso para defender la soberanía?

La soberanía no se mide por la contundencia de las palabras, sino por la capacidad de un Estado para hacerlas valer. Y ahí es donde el discurso oficial enfrenta su mayor contradicción. 

México reclama respeto mientras sigue dependiendo de Estados Unidos en materia comercial, migratoria y de seguridad. Habla de igualdad entre naciones, pero negocia bajo la constante amenaza de aranceles, presiones diplomáticas y exigencias de Washington.

Es correcto exigir respeto para los mexicanos en el extranjero y condenar cualquier abuso contra los migrantes. Ningún gobierno responsable debería actuar de otra manera. Pero la defensa de la dignidad nacional pierde fuerza cuando se convierte únicamente en una respuesta coyuntural frente a los desencuentros con la Casa Blanca.

La verdadera soberanía exige mucho más que declaraciones patrióticas. Requiere instituciones capaces de combatir al crimen organizado sin depender de presiones externas; una economía menos vulnerable a las decisiones de Washington; un sistema de justicia que inspire confianza y una política exterior que defienda los intereses nacionales con resultados, no solo con discursos.

El nacionalismo siempre genera respaldo cuando existe un adversario externo. Sin embargo, el mayor riesgo es utilizarlo como herramienta política para desviar la atención de los problemas internos. Porque un país no pierde soberanía únicamente cuando otro intenta imponerle condiciones; también la pierde cuando la debilidad de sus propias instituciones lo obliga a aceptar esas condiciones.

El mensaje será recordado por su fuerza retórica. Pero la historia no juzga a los gobiernos por la firmeza de sus frases, sino por su capacidad para convertirlas en hechos. La dignidad de una nación no se proclama: se ejerce.



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