Rocío Nahle y el senado de los familiares
La Cuarta Transformación llegó al poder denunciando los privilegios, el amiguismo y las redes familiares que durante décadas convirtieron al Estado mexicano en botín político. Sin embargo, la revelación de que hijos, hermanos, sobrinos y nietos de senadoras, senadores e incluso personas vinculadas a la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, ocupan cargos dentro del Senado financiados con recursos públicos vuelve a colocar una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿realmente cambió la política mexicana o simplemente cambiaron los beneficiarios?
El dato es demoledor. Más de 8.3 millones de pesos al año son destinados al pago de salarios de familiares de integrantes de la clase política. Quizá algunos de ellos tengan preparación profesional y cumplan con los requisitos para desempeñar sus funciones. Pero el problema no es únicamente legal; es profundamente ético y político. Porque cuando los apellidos correctos aparecen una y otra vez en las nóminas gubernamentales, la meritocracia se convierte en una ficción y la igualdad de oportunidades en un discurso vacío.
Morena impulsó reformas y discursos contra el nepotismo. Hizo de esa bandera una herramienta para diferenciarse de los gobiernos del PRI y del PAN. Hoy, sin embargo, la realidad vuelve a exhibir una contradicción difícil de explicar. La transformación prometida no consistía en reemplazar a una élite por otra, sino en terminar con la lógica patrimonialista que entiende las instituciones públicas como espacios de reparto para familiares, amigos y aliados.
Lo más preocupante es que estos casos ya no sorprenden a nadie. México se ha acostumbrado a ver cómo los cargos públicos circulan dentro de los mismos círculos familiares y políticos. La indignación social dura unos días, los involucrados argumentan que todo es legal y el escándalo termina diluyéndose sin consecuencias. Así es como la normalización del privilegio termina siendo más peligrosa que el privilegio mismo.
El Senado debería ser la casa de la representación nacional, no una extensión de los árboles genealógicos del poder. Cada familiar contratado bajo la sombra de una relación política alimenta la percepción de que en México el acceso al gobierno sigue dependiendo más de los contactos que del talento.
Y ahí está el verdadero daño. No son solamente los millones gastados. Es la credibilidad perdida. Porque cuando un gobierno que prometió desterrar los viejos vicios termina rodeado de los mismos apellidos de siempre, la transformación deja de parecer una ruptura histórica y comienza a parecer una versión reciclada de aquello que juró combatir.

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