Sheinbaum y la injerencia selectiva
El 31 de mayo de 2026, desde el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó una defensa categórica de la soberanía nacional.
“México no admite la injerencia en nuestros asuntos internos”, afirmó ante miles de simpatizantes, reivindicando el histórico principio mexicano de no intervención.
La declaración sonó firme, patriótica y coherente. Duró menos de veinticuatro horas.
Al día siguiente, el 1 de junio, durante su conferencia matutina, Sheinbaum decidió pronunciarse sobre las elecciones presidenciales en Colombia.
No se limitó a expresar respeto por el proceso democrático de ese país. Fue más allá: consideró importante la denuncia realizada por Gustavo Petro sobre un posible fraude electoral y sostuvo que debía investigarse hasta las últimas consecuencias.
La contradicción es evidente. Si la presidenta considera indebido que gobiernos extranjeros opinen sobre asuntos mexicanos, ¿por qué resulta aceptable que ella intervenga en una controversia electoral que corresponde exclusivamente a las instituciones y ciudadanos colombianos?
El problema no es la investigación de posibles irregularidades. Toda denuncia seria debe esclarecerse. El problema es la doble vara.
Cuando las críticas o investigaciones provienen del exterior y afectan a Morena, el discurso oficial se refugia en la soberanía y denuncia injerencias.
Pero cuando se trata de respaldar políticamente a gobiernos o líderes ideológicamente afines, la prudencia diplomática parece desaparecer.
La política exterior mexicana tuvo durante décadas una virtud fundamental: la consistencia.
La llamada "Doctrina Estrada" no distinguía entre aliados y adversarios. El principio era simple: México no intervenía en los asuntos internos de otros países.
Hoy, en cambio, parece aplicarse una versión partidista de ese principio. La no intervención sirve cuando conviene; cuando no conviene, se relativiza.
Más preocupante aún es que esta incongruencia se produzca apenas un día después de haber pronunciado un discurso entero sobre la defensa de la soberanía nacional.
No se trata de un desliz verbal ni de una declaración sacada de contexto. Se trata de dos posturas incompatibles expresadas por la misma persona con horas de diferencia.
El régimen morenista ha convertido la soberanía en una bandera política recurrente. Pero una soberanía utilizada como argumento coyuntural pierde fuerza moral y credibilidad pública.
Porque los principios dejan de ser principios cuando se aplican únicamente a los adversarios y nunca a los aliados.
La verdadera defensa de la no intervención exige coherencia. Y la coherencia, en este caso, brilló por su ausencia.

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