Antonio Silván Peralta, dirigente de Morena en Macuspana, comió tortuga protegida y lo presumió
El 30 de abril de 2026 no fue un día cualquiera en Macuspana, Tabasco. Ese día, el dirigente municipal de Morena, Antonio Silván Peralta, no solo consumió una tortuga “guao”, especie protegida: decidió exhibirlo.
No fue un error discreto ni una conducta escondida. Fue un acto público, difundido por él mismo en sus redes sociales, como si no hubiera nada que explicar. Como si la ley ambiental fuera opcional. Como si el cargo no implicara responsabilidad.
Las imágenes no muestran un hecho aislado: sobre la mesa aparecen varios platos con tortuga, lo que sugiere una práctica compartida, normalizada y exhibida sin reparo.
La especie en cuestión —Staurotypus triporcatus— está clasificada como amenazada dentro del marco legal que prohíbe exactamente lo que aquí se presume. No es un tecnicismo: es una advertencia del propio Estado mexicano.
Consumirla no es cotidiano; es una conducta regulada que, sin permisos, puede constituir una violación a la ley.
Pero el fondo no es solo ambiental. Es político.
Morena, como partido en el poder y eje de la llamada Cuarta Transformación, ha construido su narrativa sobre una supuesta superioridad moral: un movimiento que se dice distinto, cercano al pueblo, defensor de causas sociales y ambientales.
Y, sin embargo, cuando se observa el comportamiento real de algunos de sus cuadros, la distancia entre discurso y hechos se vuelve evidente.
Aquí no hay margen para la ingenuidad. No se trata solo de una tortuga. Se trata de cómo la Cuarta Transformación puede terminar reproduciendo lo que prometió erradicar: la normalización de conductas irregulares, el desdén por la ley y la ausencia de consecuencias.
Porque no es solo lo que hizo Antonio Silván Peralta. Es lo que no ha pasado después.
Sin sanción clara, sin deslinde contundente, sin postura firme. El silencio institucional pesa. Y en política, el silencio no es neutral: es permisividad.
Morena prometió ser distinto. Prometió acabar con la simulación, con los privilegios, con la impunidad. Pero escenas como esta muestran que, en lo local, esas promesas pueden diluirse.
La Cuarta Transformación no se mide en discursos, sino en actos.
Y aquí el acto es claro: una especie protegida en el plato y la responsabilidad política fuera de la mesa.

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