Edgar Miguel Hernández Aguilar, alcalde del PT y Verde en Cárdenas, San Luis Potosí, golpea a un ciudadano

La madrugada del 2 de mayo de 2026, en Cárdenas, San Luis Potosí, quedó registrada una escena que desmonta el discurso oficial: el alcalde Edgar Miguel Hernández Aguilar (2024-2027), impulsado por el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México —aliados de Morena— aparece en video participando en la agresión contra un ciudadano.

No hay espacio para interpretaciones cómodas. No es rumor ni montaje: es una autoridad golpeando en la vía pública.

La respuesta del propio edil agrava el problema. Hablar de “defensa propia”, reducir la escena a “trancacitos” y “patadillas”, no es explicación: es una forma de normalizar lo inadmisible.

Porque un presidente municipal no es un particular. Su conducta no se mide con el estándar de una riña común, sino con el de la responsabilidad pública.

En los videos hay un elemento adicional: el alcalde no aparece solo. Está acompañado por varias personas durante la agresión. No es únicamente un exceso individual, es una escena donde el poder actúa en grupo.

Aquí está la fractura de fondo: mientras la narrativa de la llamada “Cuarta Transformación” presume cercanía con el pueblo, en los hechos emerge un ejercicio del poder que responde con violencia directa.

No es solo un caso aislado, es un síntoma de cómo, en lo local, el poder sigue operando bajo lógicas que se suponían superadas.

La intervención de la Fiscalía General del Estado de San Luis Potosí será la prueba real: o hay consecuencias, o el caso se suma a la larga lista de episodios donde la evidencia pública no basta para activar la justicia.

Si se confirma que el ciudadano buscaba apoyo por un familiar desaparecido, el escenario es aún más grave: no sería solo un abuso de poder, sino la respuesta violenta del gobierno frente a una exigencia social legítima.

No es un incidente aislado. Es una señal.

Porque cuando un gobierno que se asume “del pueblo” termina golpeando al ciudadano, el problema ya no es de narrativa: es de credibilidad.

Y en México, lo verdaderamente recurrente no es el abuso. Es que, después del escándalo, no pase nada.



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