Esaú López Quero silicita licencia indefinida en Mitla en medio de crisis social
El 27 de mayo de 2026, San Pablo Villa de Mitla, Oaxaca, volvió a colocarse en el mapa de la conflictividad social no por su patrimonio cultural, sino por un enfrentamiento durante un bloqueo carretero en la carretera federal 190 entre mestros de la Sección XXII de la CNTE y pobladores, con episodios de tensión que escalaron hasta la intervención de corporaciones de seguridad.
Ese mismo día por la noche, el presidente municipal Esaú López Quero, de Morena, anunció que solicitará licencia indefinida al cargo, justificando su decisión como un acto de principios.
En un comunicado sostuvo que “ningún cargo público está por encima de la verdad ni de la justicia”, y que su separación busca permitir el esclarecimiento de los hechos sin interferencias.
La frase suena correcta en el papel, incluso institucionalmente impecable.
El problema es el contexto en el que se pronuncia: un municipio atravesado por la confrontación, con una autoridad que no logra contener el conflicto en su fase política y que termina saliendo de escena justo cuando más se necesita conducción.
El punto crítico no es la licencia en sí, sino lo que revela.
Cuando un conflicto entre actores sociales —en este caso la Sección XXII de la CNTE y pobladores— escala hasta el enfrentamiento directo en carretera, la ausencia de intermediación efectiva ya es un hecho político en sí mismo.
No es un accidente: es una falla de gobernanza.
El comunicado del edil insiste en el marco de legalidad y verdad. Pero la política real no se resuelve solo con declaraciones posteriores, sino con capacidad de anticipación.
¿Dónde estuvo la mediación antes del estallido?
¿Qué tan funcional fue la interlocución entre autoridades municipales, estatales y los actores en conflicto?
¿Por qué la disputa terminó en la carretera y no en una mesa de solución?
En Oaxaca, los bloqueos carreteros no son novedad; lo preocupante es su normalización como forma ordinaria de negociación.
Cuando la protesta se vuelve cierre de vías y la autoridad responde tarde o queda rebasada, el resultado es predecible: tensión social, confrontación y desgaste institucional.
En este caso, el anuncio del alcalde no resuelve el fondo del problema. Apenas lo desplaza.
Porque la salida de un funcionario no sustituye la ausencia de mecanismos eficaces para evitar que diferencias políticas o sociales terminen en choques físicos entre ciudadanos.
Mitla deja así una imagen incómoda: la de un conflicto que no encontró contención, una autoridad que opta por retirarse en medio de la crisis y un Estado local que vuelve a llegar después del estallido, cuando el daño ya está hecho y la narrativa ya pertenece a la confrontación.
La pregunta de fondo no es quién se va del cargo, sino por qué en Oaxaca los conflictos siguen llegando primero a la carretera y solo después a la política.

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