"Nadie nos dirá qué ver": el choque entre Morena y Tv Azteca
“Los mexicanos no necesitamos que absolutamente nadie nos diga qué vemos o qué no vemos”, respondió Pati Chapoy en Ventaneando tras el llamado de Claudia Sheinbaum para “no ver TV Azteca” el 25 de mayo de 2026.
La frase sonó contundente, democrática y hasta valiente. El problema es que exhibe una contradicción que alcanza tanto al poder político como al mediático.
Porque sí: ningún gobierno debería intentar orientar desde el poder qué medios merecen castigo público y cuáles reciben legitimidad oficial.
Cuando la Presidencia señala directamente a una televisora crítica, el mensaje no es neutral.
No habla una usuaria cualquiera de redes sociales; habla el aparato del Estado. Y en un país con larga historia de presión gubernamental sobre la prensa, eso inevitablemente prende alarmas.
Morena llegó prometiendo terminar con el autoritarismo mediático del viejo régimen.
Pero cada vez que desde Palacio Nacional se desacredita sistemáticamente a periodistas, medios o comunicadores incómodos, el discurso de tolerancia democrática empieza a parecer más propaganda que convicción.
Sin embargo, TV Azteca tampoco puede disfrazarse cómodamente de víctima absoluta.
La televisión comercial mexicana pasó décadas construyendo narrativas políticas, destruyendo reputaciones y administrando silencios según conveniencias económicas y relaciones de poder.
Ahora que una parte del poder político les responde desde el gobierno, descubren de pronto las virtudes de la pluralidad y la libertad crítica.
La frase de Chapoy tiene razón en algo fundamental: la audiencia decide. Pero esa libertad también incluye cuestionar a las televisoras, criticar sus líneas editoriales y señalar sus contradicciones.
Porque la libertad de expresión no puede convertirse en un privilegio exclusivo para quienes tienen una concesión nacional o un micrófono de horario estelar.
El problema de fondo es que México parece atrapado entre dos poderes profundamente intolerantes a la crítica. El político y el mediático.
Ambos hablan de democracia mientras intentan desacreditar al adversario. Ambos exigen libertad para sí mismos mientras administran cuidadosamente la crítica ajena.
Y mientras unos dicen “no vean TV Azteca” y otros responden “nadie nos dirá qué ver”, la verdadera disputa ocurre detrás del discurso: quién controla la conversación pública y quién decide qué voces deben perder credibilidad ante la sociedad.

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