"No vean TV Azteca": pide Claudia Sheinbaum desde el poder

La frase fue breve, pero políticamente explosiva. El 25 de mayo de 2026, desde la conferencia presidencial, Claudia Sheinbaum lanzó un mensaje que desató una nueva guerra entre el poder político y el poder mediático en México: “No vean TV Azteca”.

No lo dijo un militante en redes ni un dirigente partidista en campaña. Lo dijo la presidenta de la República desde Palacio Nacional, utilizando la plataforma institucional más poderosa del país. Y ahí radica la gravedad del asunto.

Porque una cosa es criticar a un medio —algo legítimo en democracia— y otra muy distinta es llamar públicamente a que la ciudadanía deje de consumirlo. Cuando quien lo hace controla el aparato del Estado, el mensaje deja de ser simple opinión y se convierte en presión política.

La respuesta de TV Azteca fue inmediata. La televisora acusó a la Cuarta Transformación de intentar “boicotearlos” y “destruirlos”, además de advertir que no es la primera vez que el oficialismo busca golpear medios incómodos. 

El tono del comunicado reflejó lo que ya es evidente: la relación entre Morena y Ricardo Salinas Pliego pasó del pleito verbal a una confrontación abierta por la narrativa nacional.

Pero tampoco se trata de romantizar a TV Azteca. Durante décadas, las grandes televisoras mexicanas han sido actores políticos disfrazados de medios de comunicación.

Han pactado con gobiernos, moldeado opiniones y utilizado sus espacios informativos como armas de presión o negociación. El problema no es que hoy reciban críticas; el problema es que ahora el poder presidencial utiliza la misma lógica de confrontación que antes decía combatir.

Morena nació denunciando los abusos del viejo régimen mediático. López Obrador construyó buena parte de su discurso acusando a Televisa y TV Azteca de operar para las élites. Sin embargo, la transformación prometida parece cada vez más una sustitución de adversarios y no una democratización real de la comunicación pública.

El riesgo es enorme. Cuando un gobierno divide a los medios entre “aliados” y “enemigos”, la libertad de expresión termina subordinada a la lealtad política. Y cuando las conferencias presidenciales se usan para señalar empresas, periodistas o plataformas críticas, se normaliza un ambiente de intimidación desde el poder.

La ironía es brutal: Morena llegó denunciando censura y termina acusada de promover boicots mediáticos desde Palacio Nacional.

Mientras tanto, México sigue atrapado entre dos poderes que dicen defender al pueblo, pero que en realidad pelean por controlar la conversación pública: una clase política obsesionada con la narrativa y un grupo empresarial acostumbrado a influir en el poder.

Y en medio de esa guerra, la ciudadanía vuelve a quedar convertida en audiencia, clientela o tropa digital.



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