La inflación que Morena negó hasta que la vio en el mercado

El 13 de abril de 2026, durante su conferencia matutina, Claudia Sheinbaum hizo algo que su gobierno había evitado durante meses: reconocer abiertamente que los precios de la canasta básica están “muy altos”. No fue un dato técnico ni una cifra fría. Fue una admisión forzada por la realidad.

Durante meses, el gobierno sostuvo una narrativa de control sobre los precios, minimizando los aumentos y atribuyéndolos a factores externos o temporales. 

Sin embargo, esa versión comienza a resquebrajarse. Hoy ya no se trata de matizar el problema, sino de reconocerlo: los productos básicos están “muy altos”. El giro no es menor. No es solo un cambio de tono, es la confirmación de que la realidad terminó por imponerse sobre el discurso.

Lo más revelador no fue el diagnóstico, sino el método. La presidenta relató que un día antes pidió a funcionarios de Hacienda —encabezada por Rogelio Ramírez de la O— que fueran personalmente a un mercado a verificar los precios.

Como si la inflación no se midiera con instrumentos oficiales, sino con recorridos improvisados. Como si el gobierno descubriera apenas lo que millones de mexicanos padecen todos los días.

El resultado fue contundente: los precios reales son más altos que los reportes. Es decir, existe una brecha entre el discurso institucional y la economía cotidiana. Y esa brecha no es menor: es el espacio donde se pierde la credibilidad.

Productos como el jitomate, el limón, la carne, los huevos y la calabacita no son lujos: son básicos. Cuando suben, no golpean estadísticas, golpean directamente el bolsillo de las familias. Y cuando el gobierno necesita “confirmarlo en campo”, lo que en realidad confirma es su desconexión.

El anuncio de revisar el "Paquete contra la Inflación y la Carestía" suena más a reacción que a estrategia. Porque si el problema ya está en los mercados, llegar después no es solución: es contención tardía.

Este episodio deja algo claro: la narrativa de estabilidad no resiste el contacto con la realidad. Y cuando el propio gobierno tiene que salir a comprobar lo evidente, el problema ya no es solo económico. Es político.



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