"Ajolotizar" la capital: cuando Morena confunde gobierno con escenografía
Clara Brugada ya encontró el verbo que definirá su administración: “ajolotizar”. Así llamó al proceso de llenar la ciudad de murales, color morado, figuras de ajolotes y una estética urbana que, según ella, representa transformación cultural. El problema es que cada vez se parece menos a una política pública y más a una campaña permanente de identidad partidista.
La discusión ya no gira únicamente en torno al gusto visual. El verdadero debate es si Morena está utilizando el espacio público para imponer una marca ideológica sobre la capital del país.
Porque el morado no es casual. Tampoco lo es la iconografía repetida en puentes, estaciones, patrullas, murales y obras urbanas. Morena entendió desde hace años que la política moderna también se libra desde la imagen: colores, símbolos, frases, mascotas, narrativa visual y propaganda emocional. Primero fue el “humanismo mexicano”, luego el guinda omnipresente y ahora la “ajolotización”.
Brugada intenta venderlo como identidad cultural. Pero gobernar no es decorar.
Mientras la Jefa de Gobierno presume ajolotes gigantes y murales coloridos, la Ciudad de México sigue enfrentando problemas mucho menos fotogénicos: inseguridad, transporte saturado, agua, extorsión, gentrificación y deterioro urbano en múltiples alcaldías. Sin embargo, el esfuerzo propagandístico parece concentrarse en convertir cada obra pública en un sello visual del obradorismo capitalino.
La paradoja es brutal. Morena llegó al poder denunciando el culto a la imagen de gobiernos anteriores, acusándolos de usar recursos públicos para promoción personal. Hoy hace exactamente lo mismo, solo que con estética “popular”, lenguaje callejero y símbolos supuestamente progresistas.
Y entonces aparece el ajolote: un animal emblemático de México, ligado a Xochimilco y a la biodiversidad nacional, convertido ahora en logotipo emocional de gobierno. La apropiación política de los símbolos culturales siempre comienza igual: primero como identidad, luego como propaganda y finalmente como mecanismo de poder.
Lo más revelador fue la reacción oficial ante las críticas. Brugada las calificó de “clasistas”. Esa es la nueva fórmula del morenismo: cualquier cuestionamiento a sus excesos visuales o narrativos se convierte automáticamente en ataque elitista.
Pero no se trata de clasismo. Se trata de prioridades.
Una ciudad no se transforma pintándola de morado ni bautizando políticas con frases virales. Se transforma resolviendo problemas reales. Porque si gobernar termina reducido a “ajolotizar”, entonces la política pública ya fue sustituida por escenografía.

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