Eliseo Morales, del Partido Verde, y la política del circo en Izúcar de Matamoros
La frase del alcalde de Izúcar de Matamoros, Puebla, Eliseo Morales Rosales, del Partido Verde Ecologista de México, no sólo provocó burlas. También exhibió una forma profundamente peligrosa de entender el poder público en México.
“¿O me lo robo o se lo regresamos al pueblo?”, dijo para justificar el gasto de 2.5 millones de pesos en la contratación de Los Alameños de la Sierra.
Como si las únicas opciones para un gobernante fueran el saqueo o el espectáculo. Como si administrar con responsabilidad fuera una idea inexistente.
El problema no es únicamente el concierto. El problema es la mentalidad.
Porque detrás de esa frase hay una visión patrimonialista del poder: la idea de que el dinero público pertenece al gobernante y que éste decide discrecionalmente cómo “devolverlo” a la ciudadanía.
Es el viejo vicio político mexicano disfrazado ahora de cercanía popular y frases coloquiales.
La lógica resulta alarmante. Bajo ese razonamiento, cualquier gasto excesivo podría justificarse mientras produzca aplausos momentáneos.
No importa si faltan obras, seguridad, agua potable o servicios básicos; basta con organizar eventos masivos para construir una narrativa de “gobierno del pueblo”.
Y todavía peor: el alcalde normaliza la corrupción al plantearla como alternativa natural.
“O me lo robo…” no fue una acusación de la oposición ni una filtración periodística. Fue una expresión salida de la propia boca de la autoridad municipal. Una confesión cultural sobre cómo muchos políticos siguen entendiendo el ejercicio del cargo.
En México, la corrupción dejó de escandalizar cuando comenzó a tratarse como chiste.
Ahí radica parte del deterioro institucional. Los funcionarios ya no sienten necesidad de guardar formas porque descubrieron que el espectáculo sustituye fácilmente a la rendición de cuentas.
La otra frase del edil —“ya me cansé de que me hagan memes por mi panza”— terminó reforzando la sensación de frivolidad.
Mientras millones de mexicanos sobreviven entre inflación, violencia y precariedad, algunos políticos parecen gobernar pensando más en redes sociales, popularidad y eventos musicales que en administrar con seriedad.
Izúcar de Matamoros no necesitaba un alcalde comediante ni un animador de feria. Necesita un administrador público consciente de que el dinero de los ciudadanos no es botín político, premio personal ni herramienta propagandística.
Porque cuando un gobernante cree que “regresar el dinero al pueblo” significa gastarlo sin medida para ganar simpatías, el problema ya no es sólo un concierto. El problema es la degradación misma de la función pública.

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