Injerencia selectiva: la doble moral de Morena en la Suprema Corte
El 21 de mayo de 2026, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dejó de parecer, por unas horas, el máximo órgano jurisdiccional del país para convertirse en un foro político e ideológico.
La ministra Lenia Batres Guadarrama abrió las puertas de la institución a Juan Carlos Monedero Fernández-Gala, cofundador de Podemos y personaje ligado al entorno político del chavismo.
El problema no es que un académico extranjero opine sobre México.
El problema es que lo haga desde el corazón del Poder Judicial mexicano, utilizando una institución que debería representar neutralidad, equilibrio y autonomía frente a cualquier corriente partidista.
Mientras Morena acusa constantemente “intervencionismo” cuando actores extranjeros critican a la llamada Cuarta Transformación, guarda silencio —e incluso aplaude— cuando figuras de la izquierda internacional utilizan espacios oficiales para respaldar su proyecto político. Esa es la verdadera polémica: la doble moral.
La Suprema no es un auditorio universitario ni una plataforma de propaganda ideológica. Su función es garantizar el respeto a la Constitución, no servir como escenario para discursos políticos disfrazados de encuentros académicos.
Lo ocurrido exhibe una tendencia cada vez más preocupante: la desaparición de la frontera entre militancia y función pública. Cuando un órgano del Estado se presta para promover narrativas alineadas con el poder político en turno, la percepción de imparcialidad se deteriora inevitablemente.
Y en la justicia, la percepción importa tanto como la legalidad. Una Corte que parece cercana a una corriente política pierde autoridad moral frente a la ciudadanía y frente a los otros poderes. La independencia judicial no solo debe ejercerse; también debe cuidarse simbólicamente.
La contradicción es evidente. Para Morena, la “injerencia extranjera” parece depender de quién habla y a quién beneficia.
Si la crítica viene de sectores conservadores o liberales europeos, se denuncia como ataque a la soberanía. Pero si el respaldo llega desde figuras vinculadas al chavismo o a la izquierda populista internacional, entonces se presenta como intercambio académico.
Esa selectividad erosiona la credibilidad institucional y profundiza la polarización política. Porque el mensaje que queda es claro: las instituciones son neutrales solo cuando conviene.
Lo ocurrido con Monedero en la Suprema Corte no fue un detalle menor ni un simple evento cultural. Fue un símbolo del riesgo que enfrenta México cuando el poder político comienza a ocupar espacios que deberían permanecer apartados de la propaganda y la militancia.
Y cuando la justicia empieza a confundirse con activismo político, lo que se debilita no es únicamente la imagen de una ministra, sino la confianza en todo el sistema institucional.

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