La caída de la alcaldesa de Jiquipilas, Chiapas, y el desgaste de Morena
El desafuero y la posterior detención de la alcaldesa de Jiquipilas, Blanca Yaneth Chiu López, volvió a exhibir una contradicción que Morena arrastra desde que llegó al poder: el partido que prometió terminar con la corrupción terminó normalizando escándalos que antes utilizaba para destruir políticamente a sus adversarios.
La presidenta municipal fue detenida el 21 de mayo de 2026, apenas minutos después de que el Congreso de Chiapas le retirara el fuero.
La acusación es grave: presunta extorsión relacionada con permisos y operaciones municipales.
Junto a ella también fueron procesados funcionarios de Ocozocoautla.
El caso no golpea únicamente a un ayuntamiento. Golpea directamente el discurso fundacional de Morena.
Durante años, el oficialismo construyó su narrativa asegurando que la corrupción era exclusiva del “viejo régimen”.
Sin embargo, cada vez aparecen más alcaldes, funcionarios, legisladores y operadores políticos morenistas involucrados en escándalos de abuso de poder, desvíos, tráfico de influencias o presuntos vínculos criminales.
La diferencia es que ahora el problema ya no puede atribuirse al pasado.
En Chiapas, además, el tema adquiere otra dimensión. La rapidez del desafuero y la captura dejó ver que el poder político sí puede actuar con velocidad cuando existe decisión política.
Eso inevitablemente abre otra pregunta incómoda: ¿cuántos casos similares permanecen intocables porque los implicados conservan protección política?
La escena resultó especialmente simbólica porque apenas un día antes de su detención, la alcaldesa todavía aparecía en actos públicos oficiales.
Como ocurre frecuentemente en la política mexicana, el respaldo institucional parece durar hasta el momento exacto en que el costo político se vuelve insostenible.
Morena enfrenta un problema que ya no puede resolver únicamente con propaganda ni conferencias mañaneras.
Su principal bandera electoral fue la superioridad moral frente a otros partidos. Pero cuando los escándalos se acumulan dentro del propio movimiento, esa narrativa empieza a derrumbarse.
Porque el problema no es solamente que existan funcionarios investigados. El problema es que el partido que prometió “no mentir, no robar y no traicionar” comienza a parecerse demasiado a aquello que juró combatir.
Y mientras más casos aparecen en estados y municipios gobernados por Morena, más difícil resulta sostener que la corrupción era un problema exclusivo de los gobiernos anteriores.
Hoy el desafío para el oficialismo ya no es ganar elecciones. Es convencer al país de que todavía representa algo distinto.

Comentarios
Publicar un comentario