La soberanía como escudo de Morena
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció un “informe nacional de rendición de cuentas” y un llamado a defender la soberanía nacional para el 31 de mayo de 2026.
El problema no es el discurso. El problema es la realidad que intenta cubrir.
Porque en México la soberanía se invoca cada vez que el gobierno se siente incómodo.
¿Defender la soberanía de quién y frente a quién?
¿De Estados Unidos, mientras las agencias estadounidenses siguen colaborando diariamente con autoridades mexicanas?
¿De las críticas internacionales por la violencia, los desaparecidos y el avance del crimen organizado?
¿O de los señalamientos que comienzan a rodear a personajes cercanos a Morena?
La palabra “soberanía” se ha convertido en el nuevo escudo político de la Cuarta Transformación: cuando hay presión externa, se acusa injerencia; cuando hay críticas internas, se habla de campañas mediáticas; cuando los resultados no alcanzan, se culpa al pasado, al neoliberalismo o a intereses extranjeros.
Pero la soberanía no se defiende con discursos patrióticos ni con plazas llenas de militantes.
Se defiende garantizando que el Estado controle el territorio, que la ley se aplique parejo y que ningún grupo criminal tenga más poder que las autoridades locales.
Y ahí es donde el relato oficial se estrella con la realidad.
Mientras el gobierno convoca actos de “rendición de cuentas”, el país acumula regiones tomadas por el miedo, carreteras controladas por el crimen, extorsiones normalizadas y gobiernos estatales bajo sospecha.
La gran pregunta es: ¿habrá respuestas reales o sólo propaganda con sello institucional?
Porque rendir cuentas implica explicar resultados, aceptar errores y responder preguntas incómodas.
Implica hablar de seguridad, salud, economía y corrupción sin convertir toda crítica en “ataque a la patria”.
Sin embargo, lo anunciado parece más una ceremonia de reafirmación política que un ejercicio democrático de evaluación pública.
Morena entendió desde hace tiempo que la narrativa también gobierna: movilizar emociones, polarizar y envolver al movimiento en símbolos nacionales funciona políticamente.
La patria, la soberanía y el pueblo se vuelven conceptos electorales.
El riesgo es enorme. Cuando un gobierno empieza a confundirse con la nación misma, disentir deja de ser un derecho y comienza a presentarse como traición.
México necesita rendición de cuentas auténtica, no festivales de autoelogio. Porque defender la soberanía también significa aceptar que ningún gobierno está por encima del escrutinio ciudadano.

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