La soberanía según Morena: patriotismo para encubrir impunidad

“La soberanía no se negocia, se defiende”, repite el gobierno de Claudia Sheinbaum cada vez que desde Estados Unidos aparecen acusaciones, investigaciones o presiones relacionadas con políticos mexicanos. 

La frase suena poderosa, patriótica y hasta histórica. El problema es que, en la práctica, Morena la ha convertido en un escudo político para evitar hablar de algo más incómodo: la impunidad.

Porque si la defensa de la soberanía fuera realmente un principio absoluto, el gobierno mexicano también rechazaría presiones migratorias, acuerdos de seguridad condicionados desde Washington o la dependencia comercial frente a Estados Unidos. 

Pero eso no ocurre. Ahí sí hay negociación, cooperación y subordinación estratégica. La indignación nacionalista aparece solamente cuando las sospechas alcanzan a gobernadores, funcionarios o personajes cercanos al poder.

Y esa contradicción ya es imposible de ocultar.

Durante años, Morena construyó su narrativa diciendo que los gobiernos anteriores protegían corruptos, pactaban con criminales y utilizaban el poder para garantizar impunidad. 

Hoy, cuando surgen señalamientos contra actores vinculados al oficialismo, la reacción suele ser la misma: desacreditar las acusaciones, victimizarse políticamente y envolver todo en discursos patrióticos.

La soberanía dejó de ser un principio de Estado para convertirse en propaganda defensiva.

El problema para el gobierno no es solamente lo que diga Washington. El verdadero problema es la enorme desconfianza que existe sobre las instituciones mexicanas. 

Porque si México investigara y castigara con firmeza a funcionarios corruptos o presuntos vínculos criminales, ningún discurso extranjero tendría tanta fuerza política dentro del país.

Pero eso no pasa.

Por eso millones de mexicanos terminan viendo más resultados en investigaciones estadounidenses que en las fiscalías nacionales. Y ahí Morena enfrenta su contradicción más delicada: presume independencia nacional mientras la credibilidad de la justicia mexicana sigue debilitada por el poder político.

Defender la soberanía no debería significar blindar a nadie. Mucho menos convertir el nacionalismo en refugio de funcionarios incómodos.

Porque cuando un gobierno utiliza la bandera para evitar rendir cuentas, la soberanía deja de ser dignidad nacional y empieza a parecer simple protección de grupo.



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