María Candelaria Ochoa Ávalos y las cuatro casas que golpean a Morena

Durante años, Morena convirtió la austeridad en una bandera moral. No era solo una política pública: era un discurso de superioridad ética. La llamada “Cuarta Transformación” prometía acabar con los excesos, los privilegios y la vieja clase política que acumulaba propiedades mientras hablaba en nombre del pueblo.

Pero el problema de construir un movimiento alrededor de la supuesta pureza moral es que cada contradicción termina siendo devastadora.

Ahora el nombre que golpea ese discurso es el de María Candelaria Ochoa Ávalos, diputada morenista en Jalisco señalada por poseer cuatro inmuebles, incluyendo una propiedad declarada con valor de “cero pesos”. Y aunque legalmente pueda existir una explicación administrativa, políticamente el daño ya está hecho.

Porque el escándalo no nace solamente de las casas. Nace de la incongruencia.

Morena pasó años acusando a otros partidos de vivir del poder. Señaló mansiones, departamentos, relojes, camionetas y cuentas bancarias como símbolos de corrupción moral. Andrés Manuel López Obrador convirtió la “austeridad republicana” en una especie de evangelio político que sus seguidores repetían como principio absoluto.

Hoy, muchos de esos mismos cuadros terminan atrapados exactamente en aquello que denunciaban.

La explicación de la diputada tampoco ayudó demasiado. Decir que una casa aparece a su nombre pero “en realidad es de su padre”, o justificar un inmueble con valor de “cero pesos”, puede tener sustento legal, pero para la opinión pública suena más a tecnicismo defensivo que a transparencia total.

Ese es el verdadero problema para Morena: la pérdida de autoridad moral.

Porque cuando un partido gobierna diciendo “somos distintos”, ya no se le mide solo por la ley. Se le mide por coherencia. Y ahí es donde empiezan las grietas.

El obradorismo construyó durante años una narrativa donde cualquier patrimonio de la oposición era presentado como símbolo de corrupción automática. Hoy esa misma lógica regresa como boomerang político contra figuras del propio movimiento.

Y el desgaste se acumula.

Primero fueron los relojes caros. Después las camionetas de lujo. Luego los viajes, las fiestas, los restaurantes exclusivos y las propiedades de distintos funcionarios morenistas. Ahora aparecen cuatro inmuebles de una diputada que pertenece justamente al partido que prometió vivir “en la justa medianía”.

La pregunta ya no es si tener propiedades es ilegal. No lo es.

La pregunta es otra: ¿qué quedó de aquella supuesta superioridad moral con la que Morena juzgó durante años a todo el sistema político mexicano?

Porque cuando la austeridad termina convertida en discurso selectivo, deja de ser principio y se convierte simplemente en propaganda.



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