Morena y el silencio ante el exterminio en Guerrero

En Guerrero, comunidades indígenas denuncian que viven atrapadas entre el miedo, los desplazamientos forzados y la violencia diaria mientras el Estado observa desde lejos.

Hablan de una guerra silenciosa que no solo mata personas: también destruye pueblos enteros, rompe comunidades y obliga a cientos de familias a abandonar la tierra donde nacieron.

La acusación es grave porque viene desde abajo, desde quienes viven la violencia todos los días. 

Denuncian asesinatos, amenazas, desapariciones, control criminal de caminos y una sensación permanente de abandono. 

Y la pregunta empieza a volverse inevitable: ¿de qué sirve un gobierno que presume transformación si no puede garantizar siquiera el derecho a vivir?

Morena llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción, pacificar el país y poner primero a los pobres. 

Pero en regiones indígenas de Guerrero la realidad contradice el discurso oficial. 

Mientras funcionarios hablan de avances y estrategias de seguridad, hay comunidades que sobreviven prácticamente solas, organizándose para resistir ante grupos armados que operan con una impunidad insultante.

El problema ya no puede reducirse a “hechos aislados”. 

Cuando familias enteras tienen que huir de sus casas, cuando los pueblos comienzan a vaciarse y cuando el miedo se convierte en forma de vida, estamos frente a una crisis humanitaria que el gobierno no quiere nombrar con todas sus letras.

Y lo más grave es que el desplazamiento no solo expulsa personas: también amenaza culturas enteras. 

Cada comunidad abandonada significa pérdida de lengua, identidad, memoria y tejido social. 

Es un exterminio lento que avanza no solo por la violencia criminal, sino también por la indiferencia institucional.

Durante décadas, PRI y PAN abandonaron a los pueblos indígenas de Guerrero. 

Morena prometió ser diferente. Sin embargo, para muchas comunidades la sensación sigue siendo la misma: gobiernos presentes en el discurso, pero ausentes en el territorio donde se juega la vida.

La llamada Cuarta Transformación insiste en hablar de justicia social, pero en Guerrero hay pueblos que ni siquiera tienen garantizada la seguridad mínima para existir. 

Y cuando un Estado permite que sus comunidades vivan entre desplazamientos, terror y abandono, deja de ser protector para convertirse en espectador de la tragedia.

Las comunidades indígenas no están pidiendo privilegios ni discursos. Están exigiendo algo mucho más básico: no desaparecer.



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