Morena y la tentación de anular elecciones

La nueva apuesta política de Morena ya no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en construir mecanismos para cuestionarlas cuando el resultado deje de favorecerles.

El 21 de mayo de 2026, Ricardo Monreal presentó una iniciativa para permitir la nulidad de elecciones por “intervención extranjera”. 

Sobre el papel, la propuesta parece razonable: ningún país democrático debería permitir operaciones externas que alteren la voluntad popular. El problema aparece cuando se revisa el contenido real de la reforma.

La iniciativa incorpora conceptos ambiguos como “difusión de desinformación”, “manipulación digital”, “presiones mediáticas” o “propaganda extranjera”.

Categorías tan amplias que podrían servir prácticamente para cualquier cosa. Desde campañas coordinadas en redes hasta información incómoda, investigaciones periodísticas o tendencias digitales que el oficialismo considere adversas.

Ahí está el verdadero riesgo.

Porque en un país donde el poder suele confundir crítica con conspiración, abrir la puerta a interpretaciones tan discrecionales equivale a colocar una herramienta política en manos del gobierno y del Tribunal Electoral.

Morena sostiene que busca defender la soberanía nacional. Pero si realmente le preocupara proteger la democracia, habría respaldado desde hace años propuestas para anular elecciones contaminadas por la intervención del crimen organizado.

No lo hizo.

La oposición recordó inmediatamente que el oficialismo rechazó iniciativas impulsadas por el PAN para convertir la injerencia criminal en causal directa de nulidad electoral. 

Y la diferencia no es menor: mientras el narcotráfico asesina candidatos, controla territorios, financia campañas e intimida votantes, Morena decidió concentrarse en conceptos abstractos como “desinformación digital extranjera”.

El contexto tampoco ayuda.

La reforma aparece justo cuando Morena enfrenta desgaste político, cuestionamientos de corrupción y escándalos cada vez más costosos, como el caso del gobernador Rubén Rocha Moya. 

Después de años de hegemonía electoral, el oficialismo empieza a descubrir algo que nunca imaginó: el respaldo popular también puede deteriorarse.

Y cuando un movimiento deja de sentirse invencible, surge la tentación de modificar las reglas.

El problema es que las democracias no se erosionan únicamente con fraudes burdos o golpes de Estado. 

También se deterioran lentamente cuando el poder comienza a crear conceptos lo suficientemente vagos para decidir qué información es válida, qué narrativa es legítima y qué elección merece ser reconocida.

Morena dice que quiere proteger el voto.

Pero cada vez parece más interesado en reservarse el derecho de desconocerlo.



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