El mito de los "Niños Triquis": la historia que nadie preguntó
La reciente difusión de la historia de Dylan Hassan Ramírez Sánchez y Alejandra Antonio García como tenientes del Ejército Mexicano, ha sido presentada por diversos medios como el desenlace perfecto de una de las historias más inspiradoras del deporte mexicano.
Aquellos "Niños Triquis" que alguna vez recorrieron México y el extranjero jugando basquetbol, hoy aparecen convertidos en oficiales del Ejército Mexicano tras graduarse del Heroico Colegio Militar con la Licenciatura en Administración Militar.
La historia parece cerrar un círculo de esfuerzo, disciplina y éxito.
Sin embargo, también abre preguntas que durante años permanecieron sin respuesta.
Durante más de una década, millones de mexicanos y extranjeros escucharon la misma narrativa: niños indígenas triquis de la montaña oaxaqueña jugando descalzos, derrotando a equipos nacionales e internacionales y demostrando que el talento podía imponerse a la pobreza.
La imagen era poderosa.
También resultó funcional para gobiernos, patrocinadores, medios de comunicación y actores políticos que encontraron en aquella historia un símbolo de superación.
Pero la realidad de la zona triqui de Copala era mucho más compleja.
Entre 2009 y 2010, comunidades como San Juan Copala y San Miguel Copala, vivieron uno de los periodos más violentos de su historia reciente.
Ataques armados, cercos paramilitares, desplazamientos forzados masivos y una profunda confrontación política marcaron la vida de cientos de familias.
La responsabilidad de estos hechos ha sido atribuida por diversos actores de la región al Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT), grupo paramilitar señalado durante años por su papel en la dinámica de violencia y desplazamiento en la zona triqui de Copala.
Fue en ese contexto cuando comenzó a consolidarse el proyecto que más tarde alcanzaría notoriedad nacional e internacional bajo el nombre de los "Niños Triquis".
Mientras la atención pública se concentraba en una historia deportiva de éxito, muchas de las comunidades de origen continuaban enfrentando violencia, pobreza extrema, desplazamiento y abandono institucional.
Lejos de surgir en un vacío social o político, el proyecto se desarrolló dentro de una región atravesada por organizaciones, disputas de poder e intereses que durante décadas han influido en la vida comunitaria de la región.
Con el tiempo, aquella iniciativa dejó de ser únicamente un equipo de basquetbol. Se convirtió en una marca.
La imagen de niños indígenas triquis jugando descalzos recorrió México y el extranjero.
Llegaron los patrocinadores, los apoyos gubernamentales, los reconocimientos oficiales, las giras internacionales, las conferencias, los eventos públicos y una amplia cobertura mediática.
La historia de los niños descalzos terminó siendo más visible que la de las propias comunidades que decían representar.
A medida que crecía la fama del proyecto, también crecían los recursos y beneficios generados a su alrededor.
Sin embargo, nunca existió una explicación pública suficientemente clara sobre la administración de esos recursos, la toma de decisiones internas o la distribución de los beneficios asociados a una marca de alcance nacional e internacional.
Es en este contexto donde reaparecen los nombres de Dylan Hassan Ramírez Sánchez y Alejandra Antonio García.
Durante años fueron presentados como integrantes emblemáticos de los llamados "Niños Triquis".
Dylan, en particular, se convirtió en el rostro más visible del proyecto. Fue capitán, vocero y representante del equipo en numerosos actos públicos.
Habló ante el expresidente Enrique Peña Nieto, gobernadores, funcionarios federales y distintas personalidades nacionales y extranjeras, fungiendo en múltiples ocasiones como la imagen pública del equipo.
Sin embargo, quienes conocieron de cerca el desarrollo del proyecto señalan una realidad más compleja que la difundida públicamente.
Mientras la narrativa insistía en niños triquis que jugaban descalzos como símbolo de pobreza y resistencia, Dylan y Alejandra fueron identificados en distintos momentos como jugadores que utilizaban calzado deportivo.
Puede parecer un detalle menor, pero refleja la distancia que en ocasiones existió entre la construcción mediática del proyecto y su dinámica interna.
Su integración al relato de los “Niños Triquis” ha sido y sigue siendo objeto de cuestionamientos, debido a la ausencia de evidencia pública consistente que los vincule de forma directa con el pueblo o las comunidades indígenas triquis, o con el uso cotidiano de alguna lengua originaria, pese a haber sido incorporados durante años a esa narrativa mediática, lo que ha abierto interrogantes sobre la construcción de la identidad que se les atribuyó públicamente.
Al revisar sus antecedentes también surgen interrogantes.
Dylan ha sido identificado como hijo de Sergio Ramírez Zúñiga, fundador, entrenador y principal promotor del equipo, originario de la Ciudad de México. Su madre es originaria de Asunción Tlaxiaco, Oaxaca.
Por su parte, Alejandra ha sido asociada con Santa Catalina de Sena, Tlalixtac de Cabrera, Oaxaca.
Nada de esto disminuye sus logros personales. Si ambos ingresaron al Heroico Colegio Militar, concluyeron sus estudios en la Licenciatura en Administración Militar y hoy sirven al país como tenientes del Ejército Mexicano, dentro del servicio administrativo del instituto armado, ese mérito les pertenece.
La cuestión de fondo es otra.
¿Quiénes integraban realmente los equipos que México y el mundo conocieron como los "Niños Triquis"?
¿Hasta qué punto la composición del proyecto siguió representando a las comunidades triquis que originalmente le dieron identidad?
¿Por qué determinados jugadores terminaron concentrando la visibilidad de una narrativa nacional?
¿En qué momento la marca comenzó a tener más peso que la realidad social que decía representar?
También permanece abierta otra pregunta fundamental:
¿Quién diseñó el proyecto y con qué objetivos?
A lo largo de los años, la Academia de Baloncesto Indígena de México (ABIM), conocida en su origen como ABIM-MULT, fue vinculada al Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT).
Posteriormente, la ruptura entre el MULT y Sergio Ramírez Zúñiga evidenció que el proyecto no estuvo aislado de las disputas políticas y organizativas de la región.
Tiempo después, a partir de una escisión del propio MULT surgió la Unión Democrática de Comunidades y Pueblos Indígenas (UNDECI), lo que profundizó la fragmentación de los proyectos deportivos vinculados a ese entorno.
Cada grupo terminó impulsando sus propios equipos, entrenadores y academias, disputándose no sólo el desarrollo deportivo de niños y jóvenes, sino también la representación de una historia que había adquirido un alto valor simbólico, político y mediático.
Lo que resulta evidente es que la marca sobrevivió a todos esos cambios.
Nuevos jugadores se incorporaron, nuevas organizaciones impulsaron proyectos paralelos y nuevas generaciones ocuparon el lugar de las anteriores.
Sin embargo, el nombre de los "Niños Triquis" continuó utilizándose debido a su enorme valor público.
Durante años, México y el mundo celebraron una historia de superación que rara vez fue acompañada de una discusión profunda sobre el contexto político, social y humano en el que surgió.
Lo que sigue pendiente es determinar cuánto de esa historia correspondía a la realidad y cuánto formó parte de una narrativa construida alrededor de la identidad indígena, la pobreza y el éxito deportivo.
Quizá la verdadera historia de los llamados "Niños Triquis" no sea la de los campeonatos ni la de los reconocimientos oficiales.
Quizá sea la historia de cómo una región marcada por la violencia, la pobreza, los desplazamientos y las disputas políticas terminó convertida en una de las narrativas deportivas más influyentes del país.
Y quizá por eso la pregunta más importante sigue sin respuesta:
¿Quién se benefició realmente de la historia de los "Niños Triquis"?

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