Frijoles para el pueblo, oro para Morena
La austeridad republicana fue el cimiento moral sobre el que Morena construyó buena parte de su legitimidad.
Andrés Manuel López Obrador prometió desterrar los privilegios de la clase política y hacer del servicio público un ejercicio de sobriedad.
Claudia Sheinbaum ha mantenido esa narrativa, defendiendo una vida sencilla y reivindicando la alimentación popular como símbolo de igualdad. Pero los símbolos también tienen memoria.
En las últimas semanas, al menos cuatro personas vinculadas a Morena han sido captadas en Nusr-Et, el exclusivo restaurante del chef Salt Bae en la Ciudad de México, famoso por sus cortes premium y platillos cubiertos con oro de 24 quilates.
Entre ellos aparecen Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor de López Obrador; el diputado federal José Narro Céspedes; Andrea Liliana Salgado Hernández, directora del Servicio Nacional del Empleo en Morelos; y Slendy Miranda Rodríguez, funcionaria del gobierno morelense.
No hay delito en acudir a un restaurante de lujo. El cuestionamiento es político y ético. Morena llegó al poder denunciando los excesos de las élites y prometiendo gobernar con el ejemplo.
Por eso, cada fotografía tomada en un lugar que simboliza la opulencia pesa mucho más que cualquier discurso pronunciado desde un atril.
Lo más revelador no es el precio de un filete ni el brillo del oro sobre un corte de carne. Lo verdaderamente preocupante es la distancia entre la narrativa y la realidad.
Mientras millones de mexicanos enfrentan dificultades económicas y escuchan llamados a la moderación y a la austeridad, figuras cercanas al oficialismo aparecen en uno de los restaurantes más exclusivos del mundo.
Y quizá la lista aún no esté completa. Hasta ahora solo se han documentado públicamente cuatro casos, pero si siguen apareciendo más personajes del movimiento, dejará de parecer una coincidencia para convertirse en el retrato de una cultura política que dice combatir los privilegios mientras convive con ellos.
La congruencia no se presume; se demuestra. La austeridad no puede ser una consigna para el pueblo y una excepción para quienes rodean el poder.
Porque cuando el discurso exige frijoles, pero las imágenes muestran filetes bañados en oro, el problema ya no es la oposición ni las redes sociales. El problema es que la realidad termina desmintiendo a la propaganda.
Y cuando la propaganda pierde frente a los hechos, también comienza a perderse la autoridad moral.

Comentarios
Publicar un comentario